[vecinet] N. 1.213 – agosto de 2024

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*BOSQUES FINLANDESES EN LA PAMPA URUGUAYA*
*El mundo es de papel y con papel se compra*
*«La colonización y dejarse colonizar pueden ser un ejercicio compartido»*
por Bernat Marrè, Marta Saiz y G. Jaramillo Rojas*(*)*
Semanario Brecha | Especiales
16 agosto, 2024

*El eucalipto y su transformación en pasta de celulosa han sido una forma
de velada invasión económica, social, ambiental y política que usa la
multinacional finlandesa UPM en Uruguay: ¿hasta dónde una empresa puede
modificar el presente de una nación e influir en su futuro con promesas que
nunca llegan?*

*I. UN PAÍS DE PAPEL*
«Ellos alquilan cuerpos y después los descartan, y eso mismo creen que
pueden hacer con la tierra», dice Loreley Urbeldz, enfermera y madre de
familia de Paso de los Toros, una ciudad de 13 mil habitantes ubicada en el
corazón de Uruguay. Loreley tiene voz fuerte, es rubia y ligera como sol
invernal y, para complementar sus ingresos, de vez en cuando conduce su
auto en modo taxi.

Para 2022, año en el que la multinacional finlandesa UPM instaló su segunda
planta en Uruguay, a orillas del río Negro –el río de aguas mansas y
profundas que atraviesa la ciudad–, Loreley era la chofer de confianza de
muchas mujeres, entre las cuales se destacaban colombianas, venezolanas,
cubanas y dominicanas trabajadoras de City Night, famosa whiskería ubicada
en Pueblo Centenario, un pequeño pueblo aledaño a Paso de los Toros.

Una noche recibió un mensaje con una ubicación: «Ven ya, a mi compañera le
están pegando». Loreley, según recuerda, aceleró hasta llegar al hospedaje
de los trabajadores internacionales de la compañía:

—Un extranjero saltaba sobre las piernas de una trabajadora sexual. Me
dijeron que me llevara a la chica y que me olvidara de todo a cambio de
dinero, que tenían cocaína y querían evitar problemas con la Policía. La
chica, de acento caribeño, estaba mal. Mientras llegaba la ambulancia, le
presté los primeros auxilios. Ya cuando la llevaron al centro de salud yo
fui a realizar la denuncia. Entre el comisario y varios policías me
amenazaron. Los extranjeros que trabajan para UPM son intocables. Contra la
plata no se puede hacer nada. Están en Uruguay, pero protegidos por otras
leyes. Es como si ellos hubieran comprado esta tierra y nosotros fuéramos
los extraños.

En Uruguay hay dos plantas de UPM capaces de producir 3,4 millones de
toneladas de celulosa por año. Su llegada fue promocionada como la panacea
de un progreso que, si llegó, fue para poner en jaque a las comunidades en
las que se asentó. UPM 2 es el voluminoso paisaje, humeante y gris, sobre
el cual gira Centenario: es su piel, sus vísceras, su ánimo, su voz. Una
voz que surge para quien quiera atenderla, de forma perfecta y diáfana,
como cuando se abre camino una verdad en la consciencia del negador: el
mundo es de papel y con papel se compra. UPM no solo produce la base del
papel que usa medio mundo, sino que también lo utiliza para obtener todo lo
que necesita: silencio, por ejemplo.

Justamente ese silencio fue lo primero que encontró la directora y
dramaturga uruguaya Marianella Morena cuando llegó a Centenario con el
objetivo de investigar las secuelas de la industria tanto en las personas
como en el medio ambiente. UPM lo tenía todo controlado y lo único que
rechinaba en medio del vasto sigilo, además de una garrafal chimenea, era
la caja registradora de City Night.

Meses después, cuando Marianella ya había asimilado y desentrañado todo lo
que escuchó y vio en sus visitas a Centenario, escribiría: «La colonización
y dejarse colonizar pueden ser un ejercicio compartido». Esta frase
funciona como prefacio de la obra de teatro Metsä Furiosa, una puesta que
escenifica la explotación del cuerpo humano y su estrecho vínculo con la
explotación de la tierra en un pueblo uruguayo de 1.500 habitantes, en el
cual una empresa finlandesa está construyendo la planta de celulosa más
grande del mundo.

*II. UN CASTILLO DE PAPEL*
Matti Liimatainen recorre con la mirada los discos de los centenares de
troncos apilados que esperan a ser trasladados a la fábrica que UPM tiene
en Kaukas, a 220 quilómetros de Helsinki, muy cerca de la frontera con
Rusia. Cuando encuentra uno que le convence, saca un palillo de madera de
su bolsa y empieza a contar con paciencia los anillos. De la médula a la
corteza: «112 años». El bosque en el que Liimatainen se encuentra se ubica
a 100 quilómetros al este de la capital finlandesa y pertenece a Tornator,
una de las empresas con más propiedad forestal de Finlandia después del
Estado: 661 mil hectáreas, algunas de ellas gestionadas por UPM.

Como esta, son muchas las áreas de foresta antigua que las organizaciones
ecologistas consideran que deberían estar protegidas por su biodiversidad,
pero que son explotadas por la industria. Liimatainen, coordinador de
campañas forestales en Greenpeace Finlandia, lleva años abogando por la
implementación de políticas de protección medioambiental más robustas. «La
industria forestal no es sostenible», defiende. «La Constitución establece
la responsabilidad de todos en la defensa de los valores ecológicos. Pero
la ley forestal y otras legislaciones son débiles e impiden la protección
de este tipo de bosques. Por eso hay una crisis de biodiversidad. Todo el
mundo sabe que hay muy pocas áreas protegidas en Finlandia.»

La preocupación de las organizaciones ecologistas por la sostenibilidad
ambiental del país nórdico convive con la indiferencia de gran parte de la
sociedad, pero también con el orgullo que despierta la industria forestal
en el país que, después de la Segunda Guerra Mundial, vio en su vasto
territorio colmado de pinos, abetos y abedules una vía para su recuperación
económica. Estas áreas de bosque boreal, que forman parte de la corona
verde que circunda el Ártico, cubren el 75 por ciento del territorio del
país, equivalentes a 22,5 millones de hectáreas. De estas, el 90 por ciento
son utilizadas para la industria forestal, principalmente para la
elaboración de pulpa de celulosa.

Liimatainen regresa por segunda vez en pocos días a este bosque que conoce
como la palma de su mano. Esta vez, con mapas topográficos específicos y
fotos impresas que hizo con un dron. La explanada sigue marcada por los
surcos de neumáticos de los camiones y los inmensos tocones ayudan a
entender la dimensión del bosque talado. «La industria forestal tiene mucho
poder sobre el gobierno y es un lobby de presión muy fuerte contra las
nuevas regulaciones de la Unión Europea que protegen los bosques antiguos.»

En la misma dirección, Juha Aromaa, subdirector de programas de Greenpeace,
apunta que «las tres grandes compañías forestales tienen un poder político
muy fuerte cuando se trata de la protección de los bosques en Finlandia. La
industria utiliza todas las oportunidades políticas para asegurar tanta
materia prima como sea posible, buscando subsidios estatales, reducciones
de impuestos y condiciones laborales favorables». Las tres empresas a las
que Aromaa hace referencia son Metsä Group, Stora Enso y UPM, con un
volumen de ventas conjunto de 25.966 millones de euros en 2023, más de una
tercera parte del PBI de Uruguay, y cuyos intereses están protegidos por la
organización finlandesa Metsäteollisuus ry. Es justamente en este grupo de
influencia que el experto especial del Ministerio de Medio Ambiente
finlandés Olli Ojala pone el punto de mira: «Considero que las empresas
forestales están intentando dar pasos hacia la sostenibilidad porque
entienden el riesgo para su reputación. Pero luego están las organizaciones
que las representan. Hay algunas que son ultraconservadoras y, básicamente,
intentan preservar el statu quo de la industria. Tienen todas las tácticas
de los grupos de presión y las utilizan».

Aromaa subraya un aspecto crucial sobre el incremento de la demanda global
de celulosa. Si bien la digitalización y la disminución de la lectura de
periódicos, revistas y libros condujeron a una reducción de este mercado,
el auge del comercio electrónico y la proliferación de la paquetería a
domicilio compensaron esta tendencia. «Para pedir por Amazon o Alibaba se
necesitan los bosques, ya sean plantaciones en Uruguay o bosques naturales
en las regiones nórdicas. La industria forestal finlandesa exporta más del
90 por ciento de su producción, la mitad a la Unión Europea.»

Kati Kaskeala, vicepresidenta de relaciones con los interesados de UPM,
asegura que la industria de la celulosa sí es sostenible en Finlandia y
destaca que la responsabilidad de la gestión de los bosques no solo recae
en las empresas forestales o el gobierno. En cuanto a la expansión de la
empresa a otros lugares, habla de la creciente demanda de celulosa en todo
el mundo: «El modelo finlandés no tiene suficiente madera para producir más
celulosa de manera sostenible, por eso tenemos operaciones en Uruguay, así
como otras empresas en otros lugares».

La intermitencia de bosques jóvenes y extensas zonas de calveros arrasados
define el paisaje constante en el camino de regreso de Ruotsinpyhtää a
Helsinki. Para ojos inexpertos, resulta prácticamente imposible discernir
entre el bosque industrializable y el antiguo. En Finlandia, a diferencia
de otros países, no se permiten los bosques artificiales, geométricamente
armoniosos, ni árboles no autóctonos. Una vez talada un área, se replanta
con las mismas especies cortadas, destinadas a un uso industrial futuro, en
un ciclo constante que dura alrededor de 70 años y en cuya juventud resulta
difícil que se desarrollen comunidades biológicas complejas. Los bosques
antiguos, que solo representan un 3 por ciento del área forestal del país,
se convierten en oasis cada vez más reducidos para ecosistemas ricos.

No solo el arraigo de la industria forestal en la idiosincrasia finlandesa
diluye el debate en torno a su impacto medioambiental. El 60 por ciento de
los bosques son propiedad de pequeñas familias; más de 600 mil personas
para las cuales su cesión a las empresas supone un activo económico muy
valioso. «Talando algunas hectáreas de bosque se obtiene dinero extra para,
por ejemplo, cambiar de coche o renovar una casa. Para muchos, proteger los
bosques se percibe como quitarles su único activo económico», destaca
Ojala, también coordinador de la política de biodiversidad de la Unión
Europea en el país nórdico.

*III. PAPEL DE CAMBIO*
Alrededor del local hay un cúmulo teatral de nubes. Apenas logran verse
algunos yuyos caídos y ramas chorreantes de agua. Del City Night hoy solo
queda el gran letrero con letras rojas y las siluetas blancas de dos chicas
en posiciones sexuales. La casa es una descuidada bodega con entrada de
tierra. El local fue censurado en 2023 por casos de violencia contra
mujeres, sospechas de trata de personas y explotación sexual, pero el
mercado siempre encuentra la forma de satisfacer la demanda: a menos de 2
quilómetros, sobre la ruta que lleva a UPM 2 y detrás de una derruida
estación de servicio, está Divas Hoott, un cubo negro de unos 200 metros
cuadrados al que nunca entra la luz del día y en el que suelen divertirse
los trabajadores de la planta.

Corría el año 2010 cuando, cansada del ritmo áspero y vertiginoso que le
proponía Montevideo, Grace González llegó a Paso de los Toros. Con su
esposo tantearon por varios años diferentes lugares para trasladarse y
ofrecer una mejor calidad de vida a sus hijas. Fue en esta pequeña ciudad
en la que proyectaron seguridad y tranquilidad alrededor de una hermosa
casa a orillas del río Negro.

A mediados de 2023 y tras una inversión de 3.470 millones de dólares, se
inauguró UPM 2, justo enfrente de la casa de Grace. Entre las
personalidades que asistieron a la ceremonia de apertura, brilló la de
Henrik Ehrnrooth, el entonces presidente del directorio de UPM, quien usó
su discurso para calificar a Uruguay «como un país confiable para hacer
negocios». Desde entonces, lo primero y lo último que ve Grace todos los
días de su vida es ese mastodonte industrial, con sus monumentales y
tóxicas fumarolas que, confundiéndose con las nubes, no solo manchan los
tejados de su casa cuando llueve, sino que le regalan un invariable hedor a
repollo hervido.

Grace vive en una zona campestre con calles de tierra y espesa vegetación
al norte de Paso de los Toros. El barrio llega a una costa del río y
termina con un hotel cinco estrellas llamado Midland, en el que una
habitación individual sale 200 dólares por noche. Los jirones de niebla son
densos y pasan calmos sobre el moderno edificio. La piscina y un pequeño
parque de diversiones acuáticas permanecen cerrados. Es un día oscuro y
lluvioso y la planta no se ve. Un día feliz, dice Grace. Lo que sí se ven
son hombres rubios y blancos como la nieve sentados con sus computadoras en
las salas del hotel. La mujer encargada de la recepción asegura que seis de
cada diez huéspedes son de nacionalidad finlandesa.

«Todos los días UPM ahí y justo hoy no. Podría delinear la forma de ese
animal. Me la sé de memoria», apunta Grace, mientras busca en su teléfono
el video de un asado que hizo su marido para despedir el último verano:
sobre la parrilla chorizos, morcillas y trozos de carne. Sobre la mesa,
bebidas, ensaladas y postres. Alegría familiar. Al fondo, el perpetuo jadeo
de UPM.

«Bueno, bienvenidos a Little Helsinki», dice Grace mientras conduce por el
barrio finlandés de Paso de los Toros. Las calles están numeradas en lugar
de llevar nombres. Por cuadra hay cuatro casas que, para la media
habitacional latinoamericana, podrían pasar como construcciones aspirantes
a palacios. Son de dos plantas, blancas, negras, amarillas, y cuentan con
suelo radiante, un costoso sistema de calefacción que va por el suelo y las
paredes, muy usado en los lugares más gélidos del planeta. Un hombre mayor
cruza una calle, no se siente observado: va despacio, haciendo pasos
vacilantes. Dos niñas tipo Rapunzel dan vueltas en sus bicicletas con una
serenidad que perfecciona el mutismo adyacente. El barrio está lleno de
cámaras de seguridad y, aunque es de libre acceso, en cualquier momento
puede caer un vigilante y cuestionar la visita.

—Si vas a los barrios que construyó UPM para los obreros, te darás cuenta
de que en el terreno que ocupa una casa de estas, que son para la élite
corporativa, metieron diez. Y eso que ya no funcionan, están abandonadas.
Eso fue cuando el boom: prometieron trabajo, activación económica y
desarrollo. Siempre supe que era un gran engaño. Recuerdo que muchos
vecinos emprendieron y se fundieron, así como mucha gente de otras partes
del país vino a buscarse una vida. ¿Viste la película El baño del papa?
Bueno, eso fue lo que pasó. No es coincidencia que la película sea
uruguaya. Somos un pueblo que vive de las expectativas. Lo que tengo frente
a mi casa no es una simple empresa, sino un país entero. El día menos
pensado voy a levantarme y voy a ver la bandera de Finlandia –expresa
Grace, mientras apura las últimas pitadas de un cigarrillo y baja los
vidrios de su auto para que veamos la casa en la que nació el escritor
Mario Benedetti.

*IV. EL PAPEL QUE COMPRA*
Heikki Härkönen rema con fuerza los 100 metros que separan el punto de
encuentro en Puumala con la isla de Rokansaari, en el lago Saimaa, al
sureste de Finlandia. Este lago es el mayor del país, el cuarto de Europa y
una importante fuente de agua dulce para el continente europeo. Bajo un
inusual calor de finales de mayo, Härkönen camina cerca de una hora, hasta
pararse en un punto del norte de esta «isla paradisíaca». Una línea recta
perfecta separa el bosque de un claro talado en 2022 por UPM, una calva de
14,6 hectáreas.

«Esta tala afectó a la biodiversidad de la zona. El bosque está creciendo,
pero el área sin vegetación hace imposible que muchas especies se
instalen.» El activista es el representante local de Suomen
Luonnonsuojeluliitto, la organización de protección de la naturaleza más
antigua de Finlandia, activa desde 1938. «Esta zona está protegida mediante
la figura de Natura 2000, en la que se permiten algunas acciones, entre
ellas talar. Lo que hizo UPM es legal, la empresa está actuando conforme a
la ley. El problema es que tenemos una ley forestal bastante deficiente en
Finlandia, que necesitaría ser revisada.» La autoridad ambiental había
otorgado el permiso para realizar la tala. Sin embargo, lo que debía ser
una «tala cuidadosa» acabó siendo una «tala abierta», según Greenpeace.

La isla tiene un gran valor recreativo con árboles de más de 100 años. En
2023 la empresa planeó talas similares en otra zona de la isla, lo que
provocó la oposición de la población y de organizaciones de la sociedad
civil que exigieron que la actividad no se llevara a cabo, argumentando que
algunas de estas áreas poseen un alto valor de biodiversidad. La petición
fue firmada por más de 20 mil personas y entregada a UPM. Por otro lado,
Suomen Luonnonsuojeluliitto apeló ante los tribunales y la empresa paró el
proyecto. Recientemente, el Tribunal Supremo Administrativo (TSA) ha
decidido que la empresa puede seguir talando en 28 de las 30 hectáreas
planeadas y devuelve el caso al Centro para el Desarrollo Económico,
Transporte y Medio Ambiente, quienes ya habían otorgado en su día el
permiso en primer lugar. «No estamos satisfechos con la decisión. Hemos
resuelto preparar un recurso ante el TSA», subraya Härkönen.

«Parte de la isla es propiedad de UPM. Y aunque no todos los bosques allí
tienen un alto valor de conservación, es un paisaje no perturbado famoso
por su belleza natural. Transportar maquinaria pesada para talar a través
del agua no tiene sentido. Lo que ocurre en Finlandia es que toda la
industria forestal cree que puede ir a cualquier lugar si hay un árbol»,
dice el coordinador de campañas Liimatainen.

En ese contexto, el debate público en el país nórdico con respecto a la
industria forestal se centra en la protección y la tala de bosques a nivel
local. Finlandia está comprometida con la Estrategia de Biodiversidad de la
Unión Europea, que obliga a proteger todos los bosques antiguos y en su
estado natural. Y la definición de bosque antiguo depende de los Estados.
Por lo tanto, la cuestión y la preocupación se focalizan en la posibilidad
de que los intereses económicos prevalezcan en las decisiones de protección
de la biodiversidad. Aquí, el bosque funciona como escenario de la
geopolítica. Desde las oficinas de Greenpeace, Aromaa resalta que «la
definición finlandesa de bosques antiguos ciertamente no será científica.
Será totalmente política».

En el extremo sur del lago Saimaa, insertada a pocos quilómetros de
Lappeenranta, UPM tiene una de sus tres fábricas de celulosa, UPM Kaukas.
De las ciudades con industria maderera se solía decir que olían a huevo
podrido y a dinero. De esto, en Lappeenranta ya solo queda el mismo aroma a
bienestar que desprenden la mayoría de las ciudades del país. Lo primero
que alerta a los visitantes de la presencia de la fábrica es una descomunal
chimenea sobre la cual pivota una colosal área industrial. Miles de troncos
se posan en las aguas de la orilla del lago a la espera de su turno
mientras las mangueras y la maquinaria de transporte no dejan nunca de
funcionar. El pulso de la fábrica no condiciona el ritmo de Lappeenranta.
Sus ciudadanos conviven con los folletos informativos que exaltan las
virtudes de la celulosa y la llegada regular del puutavarajunat, un tren de
vagones largos y abiertos que se extienden por más de mil metros, cargados
con toneladas de madera.

Mientras, en el centro de Helsinki, tocando la principal estación de
ferrocarril, un cartel con los colores del arcoíris y el eslogan «la
diversidad es natural» cuelga de las oficinas centrales de UPM, cuya puerta
es custodiada por el grifo, una criatura mitológica mitad águila, mitad
león que –cuenta la leyenda– vela por el oro verde que albergan los bosques.

«Nosotros no talamos bosques naturales. Estamos en constante conversación
con organizaciones ambientales y cuando estas nos han informado sobre
algunos lugares biodiversos, hemos decidido no talar allí. El problema se
basa en que no hay una definición clara y establecida en la ley sobre qué
son los bosques antiguos», dice Kati Kaskeala. «Actualmente hay algunas
áreas grises porque aún no tenemos claridad en el proceso de toma de
decisiones políticas.»

Recientemente el gobierno finlandés definió los bosques antiguos de forma
muy estricta, de tal manera que los bosques del sur apenas están
protegidos. Para las organizaciones ambientales, había esperanza en que
esta definición frenara el empobrecimiento de la naturaleza forestal en el
sur del país, pero, tras el anuncio, el impacto sobre los propietarios de
bosques y las empresas forestales será mínimo.

A pocos metros del emblema mitológico, en el centro de la ciudad, se erige
el Parlamento de Finlandia, un edificio monumental de estilo clásico y
columnas corintias que alberga uno de los gobiernos más conservadores de la
historia del país. Hasta el 2 de abril de 2023, la coalición de
centroizquierda gobernaba el hemiciclo. Maria Ohisalo, de la Liga Verde,
fue ministra de Medioambiente y Cambio Climático entre 2022 y 2023. «La
mayoría de la legislación ambiental y climática proviene de la Unión
Europea. En cuanto a la legislación finlandesa, solíamos tener una
regulación que establecía que los árboles debían crecer más antes de ser
cortados. Hoy en día, eso ha cambiado, lo que ha causado una disminución en
los sumideros de carbono. El nivel de biodiversidad en nuestros bosques ha
mermado y sabemos que aproximadamente una de cada nueve especies está en
peligro en este país.»

Ohisalo, que desde las elecciones del 9 de junio forma parte del Parlamento
Europeo, también menciona el lobby de actores que influyen en las
decisiones políticas, tanto en Finlandia como en la Unión Europea. «Durante
los últimos cinco años, la Comisión Europea finalmente ha comenzado a
darnos legislación que es útil y necesaria en este momento.» Para la
también investigadora, la industria forestal no está haciendo todo lo que
puede: «Deberíamos estar pensando en otras formas de producir».

«Hubo un momento en la historia en que la industria forestal finlandesa
tuvo que salir fuera de sus fronteras para buscar materia prima. Finlandia
siempre ha sido un país frío donde la madera no crece tan rápido, por ello
desde hace ya algunas décadas ha habido una tendencia de producir pulpa en
países más tropicales para luego llevarla a otros países, como China», dice
Teivo Teivainen, profesor de política mundial en la Universidad de
Helsinki. El investigador participó en la realización de un documental
sobre las fábricas de celulosa en Uruguay y afirma que el acuerdo de
inversión del país con las empresas no beneficia tanto en términos
económicos, pero sí en la confianza del mundo de ser un país abierto a la
inversión extranjera. «Uruguay siempre se ha visto en términos de
inferioridad, como un país pequeño entre grandes potencias como Argentina y
Brasil.»

UPM entró en Uruguay en la década de los 90. Desde sus oficinas centrales
en Helsinki, Kaskeala explica que la ley forestal de este país, firmada en
1987, estableció suelos forestales prioritarios, indicando las áreas donde
se podían plantar árboles de eucalipto o pino. «En ese sentido, era el país
ideal con un marco claro establecido por el gobierno local para traer esta
industria y un entorno operativo estable.» En la actualidad, dice la
ejecutiva con guiños optimistas, los indicadores de reputación empresarial
en Uruguay son favorables a la compañía. «Según la última encuesta de 2023,
llevada a cabo por una entidad externa, alrededor del 80 por ciento de los
uruguayos tienen una opinión neutral o positiva sobre UPM.»

*V. NO ES PAPEL DE BAÑO*
A poco más de 300 quilómetros de Paso de los Toros, en Lion d’Or, una
antigua confitería montevideana, el periodista y escritor Víctor L.
Bacchetta se sienta y pide un café cortado para distraer el frío de la
tarde. Afuera, sobre la avenida 18 de Julio, la más importante del país,
las hojas otoñales se agitan entre el diligente paso de los transeúntes.

Víctor tiene 81 años, pero su actitud es la de un activista de 18. De su
mochila extrae tres libros: La entrega: el proyecto Uruguay-UPM (2019), El
fraude de la celulosa (2008) y El pacto colonial (2021). En el primero
oficia como compilador y de los dos siguientes es el autor. Aunque los
títulos de los libros son lo suficientemente elocuentes, Víctor tiene una
sola cosa, clara y concisa, para subrayar: «Uruguay no gana nada con UPM y,
por el contrario, sí regala muchas cosas: al margen del espantoso problema
medioambiental que implica una empresa de este calibre en cualquier lugar
del mundo, acá lo que está en juego es la soberanía. Estamos hablando de
neocolonialismo, y uno lo dice y lo recalca, y nadie lo toma en serio,
creen que uno está en contra del progreso nacional o, en el peor de los
casos, que uno está loco».

Gracias al liderazgo social mezclado con activismo medioambiental que
ejercen Mariana Barrán, trabajadora social, de 47 años, y Marcelo Fagúndez,
conductor independiente, de 49, no solo sufren el mismo desprestigio
nominal que Víctor denuncia, sino que están realmente satanizados por la
comunidad de Guichón, un pueblo de 5 mil habitantes ubicado al oeste de
Paysandú, la cuarta ciudad de Uruguay.

«La crítica se paga con discriminación», dice Marcelo, en la sala de su
casa, mientras rellena de leña la estufa para atajar el brío de una ola
polar. Mariana ceba un mate y lo pone a circular mientras cuenta la
historia del Colectivo de Guichón por los Bienes Naturales, una iniciativa
comunitaria que en su momento cumbre llegó a albergar a 30 familias, pero
que hoy solo tiene 15 personas activas. «Nos organizamos en 2011 con el
objetivo de evitar el ecocidio que ya estamos viviendo», complementa
Marcelo.

—A la gente parece no importarle que le quiten el agua, que la contaminen y
que invadan las tierras y el paisaje pampeano con especies no nativas como
el eucalipto. El único misterio que guardan todos estos bosques que nos
rodean es el de la infertilidad. Esos monocultivos de eucalipto y los
químicos que usan para que crezcan más rápido estropean la tierra. Para
cuando se vayan, en 50 años, que es el tiempo que el gobierno les firmó,
esta tierra no va a servir para nada, cuando su principal característica
era su riqueza –cuenta Mariana.

En Guichón también hay silencio porque hay dinero. Mucha gente local vive,
de una u otra manera, de las dinámicas que propone UPM. A las afueras del
pueblo la empresa tiene, pegado al arroyo Santana, un vivero de eucalipto
en el que trabajan alrededor de 200 personas. Según Marcelo, desde 2018,
cuatro años después de inaugurado el vivero por el mismísimo José Pepe
Mujica, el consumo de agua del arroyo Santana está vedado por contaminación
y el pueblo tuvo que ser asistido con camiones de agua, fenómeno nunca
antes visto, al que se le sumó la extraña aparición de floraciones algales
que se colaban en las duchas, generando olores a podrido y alergias en la
piel.

—La gente solo reacciona cuando se ve directamente afectada: en 2015 el
agua del arroyo se puso rojiza y desprendía un olor ácido; nosotros lo
advertimos, pero nadie atendió. Decían que estábamos envidiosos porque no
nos daban trabajo en el vivero. Semanas después hubo una terrible mortandad
de peces. Y hay más: hace diez años era común ver garzas, liebres y hasta
nutrias, hoy no sabemos dónde están, o si por lo menos están –añade Mariana.

Metsä es «bosque» en finés. Según la obra de Marianella uno podría inferir
que los bosques uruguayos están furiosos, pero ¿cuáles bosques? Uruguay es
un país de praderas. Largas extensiones de tierra generosa que, en algún
momento, con Argentina, supieron ser la despensa del mundo. Tal vez los
bosques finlandeses en Uruguay sean los que están furiosos. Son espejitos
de colores que Finlandia planta a 12.732 quilómetros de su territorio.

Para llegar al vivero hay que salir de Uruguay y entrar a Finlandia. El
cambio de paisaje es tan brusco como el que separa a los dos países, unidos
por UPM: de la pertinaz y luminosa pampa sudamericana a la opacidad de
bosques nórdicos. En el límite de una de las tantas plantaciones de
eucalipto que circunvalan Guichón, un grupo de vacas permanecen
estacionadas, rígidas, contemplando lo que antes eran productivos campos de
estancia. Dentro del bosque, sonidos de motosierras.

La empresa cree que le está haciendo un favor a Uruguay. Uno de los grandes
discursos a nivel global sobre las amenazas ambientales se centra en la
deforestación, es decir, en la tala indiscriminada de árboles, pero lo que
hace UPM es justamente lo contrario: forestar. Planta árboles, una acción
que la multinacional defiende a capa y espada bajo un cuestionable y
apócrifo compromiso con el medio ambiente. Un árbol de pino en Finlandia
(el eucalipto está prohibido por no ser una especie nativa) tarda en
madurar hasta 12 años. En Uruguay, el eucalipto (que también es una especie
no nativa) crece en seis. El suelo uruguayo es rico, sí, pero para lograr
algo así necesita ayudas extra: UPM les llama agroquímicos; Mariana,
agrotóxicos. «Allá no pueden sembrar y cortar, entonces se vinieron para
acá», puntualiza Marcelo. Hoy, Uruguay tiene 1,3 millones de hectáreas
plantadas con eucalipto. Casi el 8 por ciento del territorio nacional.

Es una mañana impecablemente clara y pacífica. La llanura, a lo lejos, se
divisa como una acuarela de mil dorados. Los eucaliptos sostienen muchas
cosas aquí, son una fuerza de resistencia ante el desempleo campante que
sufren los campesinos de las poblaciones aledañas, pero la gente está
exhausta, al límite de sus fuerzas físicas y mentales. Primero, árboles de
hasta 20 metros; después, largos espacios completamente arrasados; para
finalizar, troncos agrupados como si fuera un juego de madera gigante. Lo
que sí no cambia es el fuego azul de los taladores que humea por todas
partes. Aunque está helado y hay escarcha en el pasto, los obreros llegan
con puntualidad al vivero de UPM. Empieza un nuevo día de trabajo.

Piñera duerme, pero no está muerto. El pueblo tiene poco más de 150
habitantes y queda a 20 minutos en auto de Guichón. Hacia el norte, campo
plano. Periquitos revolotean las copas de algunos árboles nativos. Hacia el
sur, la tierra está escindida por una borrosa franja verde. Pegados al piso
hay helechos marrones, rotos. Es la antesala del bosque alto, vaporoso y
profundo. Las nubes y la niebla cubren las copas de los eucaliptos. Alguien
transporta paja en su espalda. Los campesinos callan, asediados por la
escasez. El fuego, en sus casas, está delante de todo. Calienta el aire
que, con tres o cuatro grados menos, podría convertirse en hielo con la
rapidez de un suspiro.

Liliana no es Liliana, pero pide llamarse así para no perder su trabajo en
el vivero. Es sábado. En el televisor de la sala hay un partido de fútbol
y, más adentro, en la intimidad de una habitación, sus dos hijos juegan a
ser superhéroes. Liliana lleva lentes, gruesos, pero ni así puede ocultar
su tristeza. En algún momento de la conversación dirá que está cansada,
pero después retornará a la voz blanda y la mirada perdida. Entró al vivero
en 2014 y desde entonces todos los días hábiles pasa a buscarla un
colectivo a las siete de la mañana y la vuelve a dejar a las seis de la
tarde. Al día, Liliana manipula miles de eucaliptos bebés: los selecciona,
los poda, los estimula y los trasplanta a las bandejas que van a los
invernaderos. Liliana improvisa los movimientos de su trabajo. Son tan
monótonos como la tarde que ocurre afuera y su ánimo es tan rígido como la
tendinitis que se desarrolla calladamente en sus manos. «Odio el verano,
adentro del vivero la temperatura supera los 40 grados, y uno tiene que
seguir, asfixiado, como si estuviera en el infierno», afirma Liliana, con
el rostro ensombrecido.

Julio Silva es compañero de Liliana y le faltan tres años para jubilarse.
Desde 2013 pertenece al SOIMA (Sindicato de Obreros de la Industria
Maderera y Afines). Su salario es el mínimo en Uruguay (22 mil pesos
uruguayos, equivalente a unos 500 euros), pero no alcanza a percibirlo
completo por los descuentos de ley. Solo por el alquiler de la casa en la
que vive con dos de sus hijos, su esposa y ocho gatos, paga la mitad de su
salario. Julio inicia la conversación diciendo que su trabajo no es fácil y
que el tedio ya le hizo olvidar cuándo fue la primera vez que sintió que el
mal humor sería su destino.

—En el vivero me acosan por estar sindicalizado. Yo no me quedo callado, si
veo una injusticia, la denuncio. Me hacen la vida imposible. Les prohíben a
mis compañeros que hablen conmigo, comentan cosas a mis espaldas, como que
soy mala influencia, pero yo ya estoy curtido. Voy por la jubilación. Yo
nunca he estado en una cárcel, pero el trabajo en el vivero debe de ser muy
parecido a una. El patrón me ha dicho varias veces que no me meta en lo que
no me importa, pero yo soy artiguista de corazón y siempre respondo: «Con
la verdad no ofendo ni temo». Estas empresas usan las leyes del Uruguay
como papel de baño. Saben que necesitamos trabajo para no morir de hambre.
Pero, bueno, lo primero que voy a hacer cuando salga jubilado es cumplir mi
sueño de toda la vida: ir a ver jugar a Peñarol –termina Julio, sentado en
el patio de su casa, con su inseparable mate y rodeado por su prole gatuna.

Mariana trae entre sus manos una bolsa de tela blanca con el logo de UPM.
Adentro una lapicera verde retráctil con la inscripción «UPM Biofore-Beyond
fossils» y una carpeta blanca con un folleto y una revista. El primero
lleva como título: «¿Cómo hacemos celulosa?». Contiene el abecé de la
producción, desde la explicación de qué es la celulosa, para qué sirve, de
dónde proviene y cómo se extrae, hasta los compromisos que tiene la
compañía con el medio ambiente para mantener los ríos y el aire limpios. La
revista se llama El sorprendente mundo de la forestación. Descubrilo junto
a Cami y Facu, es ilustrada y tiene 33 páginas. En la portada, una
adolescente y un niño caminan por un bosque acompañados por un pato. Para
terminar, el kit viene con una pequeña muestra de celulosa hecha en la
planta de UPM de Fray Bentos. Esta bolsa ha sido entregada a miles de niños
y adolescentes uruguayos acompañada de una leche achocolatada y un alfajor.
«Puro verso, perfecto para convencer y maquillar la realidad», dice Mariana.

Esta afirmación de Mariana, en realidad, va mucho más allá de la boscosa
fábula infantil y el alfajor. A casi 400 quilómetros al sur de Guichón, en
Punta Espinillo, a las afueras de Montevideo, Daniel Pena hace un fuego. El
campo lo heredó de sus padres y allí está construyendo una casa con sus
propias manos. Vive con un perro, un gato y el arrullo de la naturaleza. Lo
más hermoso que tiene, dice, es la playa del Río de la Plata a menos de 300
metros. Daniel es sociólogo y docente de la Facultad de Ciencias Sociales
de la Universidad de la República. Apenas sobrepasa los 30 años y ya es un
referente en investigación medioambiental en Uruguay. El fuego está listo,
la noche se ilumina, pero Daniel se deja ir por otra oscuridad, la de la
realidad:

—Es gravísima la injerencia que UPM tiene en la educación uruguaya. Por
ley, desde que se firmó el contrato, la empresa quedó habilitada para
entrar en cualquier nivel del sistema educativo nacional. Eso nunca pasó
antes con ninguna empresa, que tuviera permiso para básicamente dar cátedra
a propósito de lo que hace y sus intereses. Además, el Estado está obligado
a armar planes pedagógicos que respondan a las necesidades que tiene UPM.
Todo esto por medio de su fundación, que, además, imparte cursos en zonas
rurales muy alejadas, para todas las edades, lo que hace que la gente se
sienta agradecida y en deuda con la empresa y se olvide de los deberes que
tiene el Estado. UPM está formando gente en el Uruguay o, mejor, la está
volviendo obediente para que siga el guion que les conviene a propósito de
que la celulosa, por ejemplo, es el futuro del país. Los niños crecen con
esa información y cuando estén grandes la van a reproducir no solo porque
la escucharon, la leyeron, la memorizaron, sino porque la vieron. La
empresa tiene carta abierta para educar a la gente en un país que,
paradójicamente, se ha destacado por defender la educación sin injerencias
desde hace más de cien años.

En su columna titulada «UPM y la enseñanza pública uruguaya» (véase Brecha,
14-VI-19), la investigadora y docente Alma Bolón escribe: «Saltan a la
vista las obligaciones que Uruguay asume en materia educativa en “la región
de influencia” de la empresa finlandesa: Uruguay está obligándose a
organizar y a financiar políticas educativas que, explícitamente, son
impuestas por una empresa extranjera ante la cual Uruguay está obligándose
a rendir cuentas. Salta a la vista que un Estado soberano no puede firmar
un acuerdo por el que acepta renunciar a su propia concepción laica
republicana de la enseñanza, en aras de “tener en cuenta y aplicar de buena
fe las visiones de UPM”, es decir, de una empresa privada oriunda de otro
Estado (en este caso, un Estado cuya religión oficial es la Iglesia
Evangélica Luterana) y cuyo interés en Uruguay es, exclusivamente,
lucrativo».

A esto se suma la capacidad de la empresa para elaborar eufemismos como
«producimos el futuro», un sencillo eslogan que se desbarata con dos
sencillas palabras: impacto ambiental. A 15 quilómetros al oeste de Paso de
los Toros está Rincón del Bonete, una ínfima población emplazada a orillas
de una enorme represa. La zona llamó la atención a finales de 2023 por un
arroyo afluente del río Negro cuya vida, según un representante del
Ministerio de Ambiente uruguayo, «se extinguió» gracias al derrame de 1
millón de litros de soda cáustica que UPM fraguó intencionalmente por medio
de una cañería clandestina.

El suceso tuvo lugar el 16 de agosto de 2023, pero solo fue notificado a la
opinión pública 40 días después. Una fuente local que prefiere ocultar su
nombre asegura que «pasó más de un mes y nadie, ni siquiera el Ministerio
de Ambiente, pudo decir nada hasta que UPM básicamente autorizó la salida
de la noticia. En medio del retraso, limpiaron el campo y aprovecharon las
lluvias que diluyeron naturalmente el químico vertido en las cuencas
aledañas. Después pagó una multa irrisoria de 182 mil dólares, ni una
cosquilla para una empresa que factura cientos de millones de dólares al
año. Uno se pregunta: ¿de quién es este país?».

De acuerdo con el Observatorio del Agua en Uruguay, la empresa no solo
destruye y ataca los principales bienes de uso y de vida, como la tierra y
el agua, sino que también sustituye las pampas fértiles por monocultivos,
gestionando un tipo de erosión futura que ya está arruinando la
biodiversidad originaria. Lo que antes eran campos ganaderos y lecheros hoy
son terrenos agotados por el eucalipto con poca presencia humana. Según
Pena, las migraciones rurales se han acrecentado en los últimos años porque
no hay trabajo debido a que las tierras son alquiladas hasta por diez años
para forestar: «Desarman tejidos sociales-rurales y empujan a la gente a
las ciudades de maneras políticamente correctas, por las buenas del
mercado. En Uruguay no se prende fuego las casas de los campesinos, pero se
los acorrala y asfixia económica y ecosistémicamente, y así no hay quien
aguante».

No obstante, la gente que trabaja en las plantas recibe salarios dignos
(muy diferentes a los del vivero), pero a costa de jornadas laborales de
hasta 12 horas que fracturan dinámicas familiares, aumentan las
depresiones, el alcoholismo y, a la par, impulsan el surgimiento de
adicciones a drogas como la cocaína, que activan el cuerpo, eliminan el
cansancio y evaden la soledad. UPM usa el discurso de la modernización del
campo, pero lo que está detrás es una lógica agroindustrial voraz.

—Lo que hacen es extraer recursos y expulsar a la gente de los territorios.
Esta multinacional concentra la riqueza porque controla toda la cadena:
desde los viveros hasta que la celulosa sale del puerto de Montevideo. UPM
daña suelos, daña aguas, daña subjetividades, daña la salud de las personas
y destruye tejidos sociales. Ellos se respaldan con certificaciones
internacionales expedidas por empresas privadas. Negocio redondo. Un
extrabajador me contó, por ejemplo, que UPM lo obligaba a esconder fauna
muerta. Según datos oficiales del Ministerio de Ambiente, UPM tiene 52
multas por transgredir las normas medioambientales del Uruguay: cortar
monte nativo, violar ordenamientos territoriales, hacer minería para los
caminos en zonas inhabilitadas, derrames, incumplimientos en la gestión de
la industria y el uso de agroquímicos prohibidos en casi todo el mundo.
Ellos dicen que capturan carbono porque forestan, pero solo tienen en
cuenta el período de crecimiento de sus árboles, y no el momento en que se
libera carbono porque devastan la pampa nativa. Y la joya: no pagan
impuestos porque se ubican en zonas francas. Esto no es soberanía –apunta
Pena, al tiempo que sirve un guiso de lentejas.

El otoño sigue abriéndose camino en el campo del noroeste uruguayo. A veces
camina encapotado de nubes y otras veces suelta su encantadora estela
marrón. La estación va húmeda y más fría que de costumbre. Por todos lados
hay agua que gotea, pastos barrosos y superficies gaseosas. Uruguay es
soledad. El interior maneja el silencio de un sepulcro que solo es
interrumpido por el viento.

*VI. EL PAPEL DE LA RESISTENCIA*
En el corazón de Helsinki, la emblemática plaza Senaatintori se convirtió
en el epicentro de la marcha por el clima que las organizaciones
medioambientales convocaron el pasado 2 de junio. Miles de personas de
todas las edades desafiaron el cliché de la rigidez finlandesa al inundar
las calles de la capital, clamando por una relación más armónica con el
planeta. Sin una directriz única, cada pancarta que se alzaba sobre el
bullicio expresaba un llamado a reducir las emisiones de carbono, a
transformar radicalmente nuestros modelos de producción y consumo, o a
intensificar la protección de especies amenazadas y ecosistemas frágiles. A
lo largo del camino hacia la plaza Kansalaistori, que une el Parlamento, la
Biblioteca Central y las oficinas de UPM, resonaba un grito constante:
«Lisää ääntä». Más alto.

«La dependencia económica de Finlandia respecto de la industria maderera,
impulsada por subsidios estatales y altos ingresos fiscales, provoca que
sea difícil convencer a la gente de que el sistema que nos está aportando
tanto bienestar se está construyendo a expensas de la tierra, el trabajo y
el medio ambiente en Uruguay.» Janette Kotivirta realiza un doctorado en la
Universidad de Helsinki sobre los impactos de la industria forestal
finlandesa en Uruguay, razón por la que ha viajado al país para establecer
vínculos con las organizaciones y comunidades locales.

«Hay una relación creciente entre los movimientos sociales aquí y en
Uruguay. La reducción en la producción debe ocurrir de manera simultánea y
en colaboración entre el movimiento social de aquí y el de otros lugares,
porque sabemos que hay una tendencia de las empresas del Norte global a
externalizar y mudarse al Sur global», denuncia Kotivirta, también
activista del movimiento Deuda por el Clima. «Al estar conectados, estamos
tratando de avanzar hacia formas reales de justicia ambiental para
asegurarnos de que la transición verde en el Norte global no se convierta
en un proyecto colonizador en el Sur global.»

Kotivirta volverá en unos meses al país de la pampa y el eucalipto para
seguir con su proyecto. Este está tutorizado por Maria Ehrnström-Fuentes,
investigadora cuyo trabajo se ha centrado durante más de una década en el
análisis de las políticas de responsabilidad social de las empresas,
particularmente en relación con las diferentes formas de extractivismo del
sector forestal en América del Sur: «Nos han educado para estar agradecidos
con el sector forestal. La economía, el bienestar de Finlandia y la
educación gratuita que hemos tenido hasta la universidad se construyó con
ayuda del sector forestal. Por ello puedo simpatizar con una sociedad
uruguaya que cree que esa misma riqueza también se dará en su país».

Ehrnström-Fuentes habla de su país como una sociedad que ha perdido la
memoria de lo que el bosque significaba para sus antepasados. «Solo desde
hace unos años hemos comenzado a preguntarnos sobre la biodiversidad, la
ecología y cómo vamos a restaurar los bosques afectados por la industria
forestal en Finlandia. Es difícil discutir esto en una sociedad en la que
la mayoría vive de lo que el monte en algún momento le dio.»

Mientras en la historia finlandesa la foresta siempre ha tenido un papel
protagonista, en Uruguay ni siquiera existía. «Si un uruguayo visita un
bosque de Finlandia, se dará cuenta rápidamente de que no es lo mismo que
hay en Uruguay, porque allí lo que hay son monocultivos.» Ehrnström-Fuentes
sabe de lo que habla cuando critica la industria forestal. Trabajó en ella
al comienzo de su carrera. Era 2004, vivía en América Latina y creía que
realmente era un sector favorable con el medio ambiente, hasta que visitó
las comunidades en Chile y Uruguay. «Entendí que los conflictos sirven para
mostrarnos que el modelo sobre el que estamos construyendo nuestra riqueza,
nuestra manera de vivir en los centros urbanos, tiene un alto coste en la
destrucción de la tierra, que es invisible para quienes viven del sector.»

En abril de 2023 UPM confirmó la apertura de su segunda planta en Uruguay,
a orillas del río Negro, cerca de Paso de los Toros. Esta sería la tercera
planta en el país, junto con la fábrica de la también nórdica Stora Enso
con su filial chilena Arauco. «Hay que abandonar este modelo de megaplantas
de celulosa y plantaciones industriales de árboles que utilizan mucha agua,
veneno y degradan el suelo, causando problemas sociales y climáticos»,
resalta Markus Kröger, investigador sobre desarrollo global y extractivismo
forestal en América Latina. «En Uruguay se habla de los planes de expansión
de una cuarta fábrica japonesa. En este momento de crisis climática y
ecológica, no podemos desperdiciar nuestras aguas y suelos para este tipo
de producción no necesaria.»

Tras la apertura de la segunda fábrica de UPM, la activista Kotivirta
participó en una acción coordinada entre los movimientos sociales de los
dos países, que incluyó los bloqueos de las vías de acceso a la fábrica de
celulosa de Kuusankoski, en Finlandia, y en Pueblo Centenario, en Uruguay.
«Para comprender verdaderamente el impacto de esta empresa, necesitamos
entender el contexto histórico y darnos cuenta de que no se trata de
evaluar las acciones individuales de una compañía para determinar si algo
es colonialismo o no. Se trata de entender las estructuras globales de
explotación. Esta empresa simplemente está aprovechando las condiciones ya
existentes, donde la explotación de recursos naturales y el trabajo del Sur
global es muy beneficiosa para ellos. Etiquetar a UPM como una empresa
colonial nos distrae del problema principal: las estructuras de explotación
existen y continuarán existiendo.»

La resistencia local, nacional e internacional puede evitar la expansión de
inversiones, tal y como argumenta Kröger. Las empresas, según el
investigador, suelen elegir áreas con menos resistencia, como ha sido el
caso en Uruguay. «Hay varios casos en los que la expansión de plantaciones
de eucalipto se ha reducido debido a resistencias similares. Esto incluye
ocupaciones, campañas organizadas políticamente, movimientos sociales y
protestas. La interacción con otras organizaciones y movimientos, así como
la influencia en las regulaciones estatales, puede marcar la diferencia.»

*VII. PAPELES QUE NADIE LEE*
En Fray Bentos no hay fronteras con las nubes. Aunque sí con un país:
Argentina. El río Uruguay serpentea sus profusas aguas con desánimo. Mayo
es una época del año que invita al recogimiento. Empiezan lloviznas, se
pone oscuro y la afonía se pega a los cuerpos. El cielo se acaba de golpe y
con la noche comienza el desierto de gente. UPM resplandece como una ciudad
que no conoce el sueño. Una quimera que prometió volver a poner en el podio
de la industria nacional a la ciudad, tal como sucedió en las épocas del
Frigorífico Anglo, una de las principales fábricas de productos cárnicos de
América del Sur durante las postrimerías del siglo XIX y la primera mitad
del XX.

Las calles de la ciudad son oscuras y, así, despliegan un dejo de
melancolía industrial. Por momentos huele a huevo podrido, pero en un abrir
y cerrar de ojos pasa un ventarrón que arrastra el olor. La primera empresa
en llegar, dedicada a la producción de celulosa, fue Metsä-Botnia en 2007,
pero pasó a los dominios de UPM en 2009. Robert Urgoite, de 39 años, es
psicólogo social. Elige el Club Nacional de Básquet para conversar. Ante la
pregunta de qué trajo consigo la industria papelera en Fray Bentos, Robert
se agarra el mentón, encoge los labios y abre los ojos como si le fueran a
echar gotas:

—Increíble pero cierto: desilusión, porque mucha gente se alistó para la
supuesta reactivación económica y quebró; desocupación, porque nunca
cumplieron con la promesa de trabajo; prostitución, por la proliferación de
trabajadores extranjeros varones; narcotráfico, porque las jornadas
laborales eran largas al igual que las noches en la ciudad; contaminación,
por obvias razones. Resumámoslo en tristeza. Todo esto fue en su momento,
cuando el quilombo con los argentinos, que bien desconfiaban de la
multinacional y que no solo hicieron protestas, sino que llevaron el asunto
hasta la Corte Internacional de La Haya, que después falló a favor del
funcionamiento de la planta. Hoy es una fábrica que está y no está. Nadie
le da mucha bola. Pasa que hicieron tanta publicidad que la gente o se
hartó o se creyó el cuento o simplemente se olvidó. Recuerdo un comercial
de esa época: un periodista uruguayo va a Finlandia y bebe un vaso de agua
que saca de un lago que está frente a una papelera para demostrar que lo de
la contaminación era mentira. Hicieron cualquier cosa para convencer, pero,
bueno, ya sabemos que los que más contaminan son los que tienen el discurso
ambientalista más fuerte.

María Forte, de 64 años, argumenta lo que ella considera que es el
trasfondo de todo: «La planta es una sucursal de Finlandia en Fray Bentos».
María lleva su cabello pintado de rubio y mientras habla, intercambia sus
manos entre su mate y dos agujas de croché. «Soy ecofeminista, graduada en
2010 por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la
República, y no me quedo callada con nada», dice, y empieza a describir el
mismo descrédito social que sobrellevan Mariana y Marcelo en Guichón.

La casa de María es esquinera y, aunque no queda cerca del río, sabe
recibir todo el viento que proviene de la cuenca. «Ese polvito blanco sobre
el auto no es tierra, es amoníaco que se desprende de la chimenea de UPM.
¿Sintieron el olor fétido de anoche y esta mañana? No hay que esforzarse
mucho para saber de dónde proviene todo eso», comenta.

Para María no todo es un desastre mientras la gente pueda tomar conciencia
y organizarse. Ella misma lidera un grupo de ciudadanos de Fray Bentos que
permanecen atentos a todo lo que concierne a UPM. «El río era una fuente de
alimento importantísima y ahora una no puede comerse nada de ahí. Con
decirte que desde 2018 hay un decreto que no permite sacar peces para
estudiarlos. Yo pregunto: ¿a dónde van a arrojar todos sus desechos si no
es al río? Ellos se cuidan porque saben y tienen mucho poder», continúa
María, mientras en una pequeña punta de la costa del río Uruguay, en
diagonal a la planta de UPM, señala formaciones de algas verdes brillantes,
según ella, contaminación ya mutada con el río.

—¿Y de dónde creen que proviene toda la energía que usa UPM? Ellos mismos
la producen con nuestra agua y como producen tanta, los sobrantes los
compra el gobierno uruguayo, que está obligado a hacerlo por contrato. Es
de no creer: vienen de afuera, usan todo lo que hay y tras del hecho nos
venden las sobras de lo que exprimen y se llevan. Eligieron Uruguay porque
nadie los controla, y, bueno, tampoco es que aquí haya mucha tecnología
disponible y de fácil acceso para medir cosas como la contaminación que
generan los agrotóxicos en la sangre de las personas. Entregaron el país y
el Estado es cómplice. Riqueza ambiental, debilidad institucional y zonas
francas a lo largo y ancho del país fue lo que los trajo. Debería
declararse un delito ambiental –detalla María, mientras presenta el barrio
finlandés de Fray Bentos, una fotocopia exacta del de Paso de los Toros.

El vacío es profundo y despiadado. Las pocas personas que transitan la
noche fraybentina se caen hacia adelante en lugar de caminar. Hay garúa.
Del río Uruguay no llega ningún sonido, pacífico y silente sigue su curso.
Los pastizales a su alrededor, inundados por las últimas lluvias, se agitan
marchitos con el viento mojado. Ver la luna brillar sobre los camiones
atiborrados de troncos recién cortados que entran a la planta deja la
sensación de naufragio. «Al río lo están matando, pero sus consecuencias
solo se verán por ahí en 30 o 40 años, cuando ya no se pueda hacer mucho.
Hay que resistir y promover diálogos para contrarrestar esta violación de
nuestras propias leyes que dan a las empresas lo que ellas piden y ordenan
también. En otras palabras, la colonización del país», dice María, que, en
medio de sus licencias, es una de esas personas que sabe decir casi siempre
lo correcto. Ella resiste para no derrumbarse ante la nueva realidad: ayer
colonizaban con ejércitos, hoy lo hacen con empresas.

—De cualquier manera, hay que agradecer que en Uruguay todavía se puede
hablar de esto. Lo que hacemos nosotros y cómo lo hacemos no se puede hacer
en el resto de América Latina. En Brasil, en Colombia o en México, ya
estaríamos muertos. Una compañía que gana un promedio de millón y medio de
dólares diarios ya nos habría hecho sufrir un accidente misterioso –detalla
Víctor L. Bacchetta, antes de dar el último sorbo a su café cortado.

*VIII. PAPELÓN*
«Con Víctor Bacchetta tenemos la mejor de las relaciones al igual que con
las comunidades en donde trabajamos. Nosotros en Uruguay permanecemos
abiertos a todo y es prioridad el diálogo y la ayuda. Nos hemos
especializado en ser los primeros de la clase para no descuidar nada.
Estamos comprometidos con mejorar y hacer cada cosa de la mejor forma
posible, con el medio ambiente cumplimos todos los requisitos y
regulaciones que nos proponen, socialmente tenemos proyectos interesantes y
somos fuente de trabajo, pero hay cosas que no podemos controlar, como el
consumo de droga de la gente o la prostitución, que, por ejemplo, es algo
que existe desde hace siglos», dice Matías Martínez, con una sonrisa más
grande que la de Luis Suárez cuando marca un gol. Matías es el gerente
sénior de comunicaciones de UPM Uruguay, vive en la ciudad de Durazno, 64
quilómetros al sur de Centenario, y habla rodeado por un fondo de pantalla
que muestra un despoblado librero y dos frondosas plantas verde esmeralda.

Ahora bien, mientras el 2 de junio la sociedad civil y organizaciones
ambientales marchaban en Helsinki, en Uruguay, la revista Verde,
publicación especializada en negocios de la tierra y el agro, sacaba a la
luz pública una noticia: «Empresa japonesa Oji Holdings Corporation, una de
las líderes de la industria mundial de pulpa de celulosa y papel (que tiene
campos forestados en países como Brasil, Australia, Canadá, China, Nueva
Zelanda, Indonesia, Vietnam, entre otros), sacudió el mercado de campos con
la compra de 41.289 hectáreas, por 287.598.326 dólares, en los
departamentos de Tacuarembó y Rivera». La noticia, casi desapercibida,
habría tenido un poco más de elocuencia en alguna sección de obituarios
bajo un título como: «Se viene una nueva planta de celulosa».

El 5 de marzo de 2024 Marianella salió del Teatro Nacional de Helsinki.
Minutos antes había sido ovacionada por el estreno de su obra. Varias
personas la abordaron para felicitarla y, en una expresión física casi
imposible en Finlandia, una directora de cine la abrazó enérgicamente y le
susurró al oído: «Siento mucha vergüenza de ser finlandesa». Se había roto
la cuarta pared: lejos de un simple encantamiento, el público finlandés ya
estaba fusionado con las escenas uruguayas.

*****
*Nota*: un día antes del cierre de esta investigación se contactó vía
WhatsApp a Raúl Viñas, integrante del Movimiento por un Uruguay
Sustentable, para corroborar una información recibida desde Centenario en
la que se afirmaba que había ocurrido una filtración de residuos líquidos
en un arroyo local: «Sí, hubo otro derrame y, como pasó la vez anterior, el
Ministerio de Ambiente escondió la información. El derrame fue el 18 de
junio, pero solo un mes después, el 19 de julio, se pronunció. Estamos mal
con esto. “Hablamos cuando pudimos” fue lo que dijo el ministro de Ambiente
de Uruguay, Robert Bouvier, sobre el derrame anterior. Lo que dicen es que
no es misión de ellos informar, a lo que nosotros contestamos: entonces,
¿quién informa? ¿No será que UPM es la que le dice al gobierno si puede o
no hablar, qué decir, cómo y cuándo?».
*--------------------*
*(*)* La investigación fue producida por la revista Late (revistalate.net),
con el apoyo de Journalismfund Europe, y contó con la colaboración en
Finlandia de Lotta Närhi.
*===============*
*🔺**UPM generó un nuevo derrame de soda cáustica, ahora en su terminal
portuaria en Montevideo*
https://ladiaria.com.uy/ambiente/articulo/2024/8/upm-genero-un-nuevo-derrame-de-soda-caustica-ahora-en-su-terminal-portuaria-en-montevideo/
🔺*Durazno: derrame en el arroyo Sauce el 18 de junio*
https://ladiaria.com.uy/ambiente/articulo/2024/8/upm-derramo-nuevamente-contaminantes-sobre-arroyo-sauce-y-oculto-informacion-al-ministerio-de-ambiente-durante-ocho-dias/
🔺*Personas afectadas por planta de hidrógeno verde que busca tomar agua
del acuífero Guaraní no tienen información sobre el proyecto*
https://ladiaria.com.uy/ambiente/articulo/2024/8/personas-afectadas-por-planta-de-hidrogeno-verde-que-busca-tomar-agua-del-acuifero-guarani-no-tienen-informacion-sobre-el-proyecto/
*🔺*DERRAMES Y PARÁMETROS INCUMPLIDOS EN EL PRIMER AÑO DE UPM 2
*Río revuelto*
https://brecha.com.uy/rio-revuelto/
🔺Derrame de soda cáustica en agosto de 2023
Según informes técnicos del MA, acabó con la fauna acuática del arroyo
Sauce y también dañó el río Negro...
https://ladiaria.com.uy/ambiente/articulo/2023/10/derrame-de-upm-acabo-con-la-fauna-acuatica-del-arroyo-sauce-y-tambien-dano-el-rio-negro/
*🔺Segunda planta de celulosa de la compañía acumula 11 sanciones durante
su fase de construcción y tres más luego de comenzar a operar*...
https://ladiaria.com.uy/ambiente/articulo/2023/10/derrame-de-upm-deja-en-evidencia-un-sistema-de-control-que-termina-siendo-un-estimulo-a-la-contaminacion/
🔺*Presentaron acción judicial contra el proyecto Neptuno*
Los accionantes plantean que el proyecto es inconstitucional porque prevé
la participación de privados en el suministro de agua potable y piden que
se condene al Estado a abstenerse de firmar el contrato...
https://ladiaria.com.uy/justicia/articulo/2024/8/presentaron-accion-judicial-contra-el-proyecto-neptuno/
🔺*Juez manda a Obras Sanitarias del Estado suspender obra en Arazatí*
https://www.facebook.com/1064897360/posts/pfbid0uBWjPecpnpNUT6TpuDtQirWFTdXJaVJtStVher8NSu8CdWUMYLe5q7WJAjnZeYTJl/
🔺AMBIENTE Y TERRITORIO EN LA CAMPAÑA ELECTORAL
*«En ambiente, la participación se ha implementado como si se tratara
únicamente de un buzón de quejas»*
https://brecha.com.uy/en-ambiente-la-participacion-se-ha-implementado-como-si-se-tratara-unicamente-de-un-buzon-de-quejas/
Betania Núñez
🔺20 AÑOS DE LA REFORMA CONSTITUCIONAL
*Agua que vemos y que no vemos*
https://brecha.com.uy/agua-que-vemos-agua-que-no-vemos-agua-que-queremos/
Grupo de trabajo Ambiente y Derechos Humanos
🔺*Finlandia: Los bosques del sur apenas están protegidos*
https://www.hs.fi/politiikka/art-2000010491930.html

*====================*
vecinet: un pionero construyendo redes comunitarias
por Gabriel Kaplún [18 de mayo de 2016]
https://facebook.com/story.php?story_fbid=10221131101361550&id=1064897360
..........................................
vecinet, una buena noticia
1996/2023: 27 años de comunicación alternativa de la primera agencia de
noticias, información, documentación y comunicación vecinal
UNA HISTORIA DIFERENTE DE UNA COMUNICACION DIFERENTE
..........................................
Desde el 18 de mayo de 1996: Comunicación alternativa independiente para la
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Territorios, Municipios, Zonas, Ciudades, Barrios, Vecinos, Ciudadanía,
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