EEUU/ El régimen de Trump es una plutocracia [Robert O Paxton]

Ernesto Herrera germain5 en chasque.net
Sab Mar 11 20:03:35 UYT 2017


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Correspondencia de Prensa

11 de marzo 2017

Boletín Informativo

redacción y suscripciones

germain5 en chasque.net

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Estados Unidos

El régimen de Trump es una plutocracia

Robert O. Paxton *

A l´encontre, 7-3-2017

http://alencontre.org/

Traducción de Faustino Eguberri – Viento Sur

http://www.vientosur.info/

Tiene fuerza la tentación de calificar de “fascista” al nuevo presidente
americano. El tono agresivo empleado por Donald Trump, su hosquedad, su
mentón crispado evocan a Mussolini. Sus teatrales llegadas en avión
(estrategia electoral inventada por Hitler) y sus arengas ante una multitud
que grita consignas simplistas (“¡USA”! “¡USA”!, “¡Métela en la cárcel!”, a
propósito de Hillary Clinton, pintada como una candidata corrupta) recuerdan
los mítines nazis de comienzos de los años 1930. Trump retoma muchos motivos
típicamente fascistas: deplorar el declive nacional, imputado a los
extranjeros y las minorías; desprecio por las normas jurídicas; apoyo
implícito a la violencia contra sus opositores; rechazo de todo lo que es
internacional, ya sea el comercio, las instituciones o los tratados en
vigor.

Por tentador que sea poner a Trump la más tóxica de las etiquetas políticas,
una etiqueta solo es justificable a condición de que permita profundizar y
aportar luz a un tema. Ahora bien, la etiqueta “fascista” oculta un objetivo
central de Trump y de la mayoría republicana en el Congreso: el
desmantelamiento de la legislación americana que asegura la protección de
los trabajadores y del medio ambiente.

Las urgencias a las que respondían antaño los movimientos fascistas no eran
las mismas que las de hoy. Aquellos movimientos encontraban su terreno
fértil en naciones que habían sido vencidas o humilladas en la primera
guerra mundial. Los primeros fascistas prometían superar la debilidad y el
declive nacional reforzando el Estado, galvanizando y disciplinando a la
nación, subordinando los intereses individuales a los de la comunidad y
purgando a la población de disidentes y enemigos internos. Se presentaban
como los únicos capaces de constituir una barrera ante una revolución
bolchevique y de recuperar los territorios perdidos.

Corporativismo contra liberalismo

En Italia y en Alemania, los dirigentes moderados y conservadores
resolvieron cooptar al fascismo más que rechazarle. Temían que reprimir al
fascismo abriera la vía al socialismo. Para mantenerse en el poder, contaban
con las masas fascistas, con su energía y su disciplina. No dudaban de que,
tras haber compartido el poder con los fascistas, lograrían retomar el
control sobre estos groseros intrusos gracias a su habilidad política
superior, a su barniz social y a su experiencia.

Llegados al poder, los primeros fascistas estaban muy lejos de las
prioridades de Trump hoy y de sus aliados republicanos en el Congreso.
Mussolini y Hitler no tenían ninguna intención de abandonar las cuestiones
económicas, sociales o medioambientales a las fuerzas desenfrenadas del
mercado; no creían tampoco en que la población pudiera ser unida sin el puño
del Estado. El haz de lictores, emblema de Mussolini, era altamente
simbólico: este conjunto de varas ligadas alrededor de un hacha por una
correa representaba a la vez la fuerza del Estado y la unidad de la nación.

Los regímenes fascistas disciplinaban a la sociedad por medio de
organizaciones obligatorias, reconocibles por el color uniforme de sus
camisas. Promovían economías corporativas que estimulaban la producción de
guerra y garantizaban una forma de Estado-providencia a los trabajadores
(con exclusión, por supuesto, de los judíos, los gitanos y demás “enemigos
nacionales”). Pretendían incluso reglamentar el tiempo de ocio de los
trabajadores por medio del Dopolavoro italiano (Obra nacional del tiempo
libre) y del Kraft durch Freude nazi (“La fuerza por la alegría”). Al
socialismo oponían el nacional-socialismo.

Los empresarios alemanes e italianos, primero reticentes frente a estos
impulsos colectivistas, se dejaron convencer de que solo los fascistas
podían frenar al comunismo y, siguiendo al ejército y la iglesia, acabaron
por apoyar su entrada en el gobierno. A medio plazo, los patronos iban a ser
ampliamente recompensados con el desmantelamiento de los sindicatos
independientes, la prohibición de las huelgas y lucrativos contratos de
trabajos públicos y de rearmamento. Trump y los republicanos no contemplan
ni por un momento establecer una economía corporativa. Lo que quieren es un
puro liberalismo de mercado, una subordinación del bien común a los
intereses individuales.

Se puede considerar que el régimen de Trump se compone de tres corrientes.
La primera corresponde a la mayoría republicana en las dos cámaras del
Congreso. En la medida en que Trump, hombre de negocios poco escrupuloso,
valida su agenda liberal favorable a la patronal, esta corriente es la que
será más probablemente gratificada. El proceso de desreglamentación está ya
emprendido. Trump ha derogado la reglamentación Obama que prohibía a los
industriales del carbón echar sus residuos a los ríos. Incluso si duda en
privar a 20 millones de americanos del Obamacare, este sistema de salud está
comprometido por la retirada de las compañías de seguros.

La administración Trump deja presagiar un debilitamiento sensible, incluso
una desaparición de las agencias federales que, hasta el presente,
controlaban el agua, el aire y la protección de especies amenazadas. Deja
presagiar también unos impuestos a los ricos proporcionalmente inferiores a
los de las clases medias. ¡Y pensar que solo hace algunos años la flat tax,
impuesto a tasa única, era considerado como una idea radical! Los regímenes
fascistas, por su parte, aplicaban una imposición altamente progresiva.

La segunda corriente reúne a los americanos ofuscados por los experimentos
culturales de los años 1960. Los habitantes de la América profunda, hostiles
al feminismo, al aborto, a los derechos de los homosexuales y a la
integración racial, son los abandonados de la renovación económica de Obama.
Trump ha fundado su campaña en los rencores de una clase obrera blanca no
cualificada que está a la vez en declive económico y con retraso en relación
a las evoluciones culturales de la sociedad. En el mismo espíritu, los nazis
denunciaban los experimentos sociales y culturales de Weimar. El
resurgimiento del fascismo en los Estados Unidos bajo Obama recuerda por
otra parte el reagrupamiento de las fuerzas antirepublicanas en oposición al
Frente Popular de León Blum, primer jefe de gobierno francés socialista y
judío.

En América, los reaccionarios culturales no serán tan generosamente
recompensados por el régimen de Trump como los jefes de empresa. Los
“blancos pobres” han servido para ganar las elecciones de 2016; ahora,
pueden ser olvidados. Serán gratificados por alguna nueva restricción en
materia de aborto o de derechos de los homosexuales, pero no se beneficiarán
ciertamente de creaciones de empleos, que solo podrían ser generados por
proyectos de relanzamiento económico financiados por un aumento de los
impuestos a los ricos.

Autoritario y reaccionario

La tercera corriente está encarnada por el propio Trump, que controla el
conjunto del sistema. Donald Trump es un oportunista, no se preocupa más que
de su propia celebridad y de su propia fortuna y se deja guiar por impulsos
efímeros susceptibles de favorecer su crecimiento. Nos encontramos ante una
personalidad autoritaria desprovista de todo compromiso con el Estado de
derecho, la tradición política e incluso ideológica. Ha dado,
implícitamente, carta blanca a sus representantes para actuar de forma
arbitraria, como ha podido aprender Henry Rousso, en el aeropuerto de
Houston, en Texas: “el 22 de febrero, este historiador ha sido “detenido por
error” durante diez horas y ha estado a punto de ser devuelto a Francia”.

En sus relaciones con el resto del mundo, Trump obedece al eslogan “América
first” (fórmula casi olvidada en los Estados Unidos desde el aislacionismo
de los años 1930). En materia de política exterior, sus prioridades son
difícilmente descifrables. No es imposible que consistan en apaciguar a
misteriosos acreedores rusos. A diferencia de los fascistas, Trump no
pretende territorios. Se concentra más bien en la exclusión de los
inmigrantes y la construcción de un muro simbólico en la frontera mexicana.
Frente al disparo de misil balístico en Corea del Norte, no ha rechistado.
Pero, si se viera confrontado a una crisis internacional grave, su reacción
sería probablemente impulsiva y no se apoyaría en los consejos de los
expertos. En el caso de un ataque terrorista en el territorio americano,
podría llegar a imponer la ley marcial, congelando así el funcionamiento de
las instituciones democráticas.

La guardia pretoriana de Trump es bastante más reaccionaria de lo que se
habría podido esperar tras su victoria electoral. Los nombramientos de los
miembros de su gabinete y su equipo dan cuenta de que concede más peso a la
lealtad personal que a la competencia. Parecería que sus más cercanos
consejeros sean su hija Ivanka y su yerno Jared Kushner. Sorprendentemente,
este antiguo play boy neoyorkino se ha rodeado de individuos ligados a la
extrema derecha, admiradores de Marine Le Pen y de otros nacionalistas
populistas europeos, como el alto consejero Stephen Bannon y su asistente
Stephen Miller /1.

Bannon y Miller aprueban el ejercicio discrecional del poder ejecutivo y
consideran toda crítica por parte de la prensa como algo que tiene que ver
con la traición. Trump tendrá ocasión de ocupar suficientes escaños vacantes
en el sistema judicial federal como para librarse de toda atadura judicial.
Un poder ejecutivo sin ataduras ni control es indicador de dictadura en
general, más que de fascismo en particular. Llamemos a las cosas por su
nombre: el régimen de Trump es una plutocracia. Publicado en Le Monde el
7/03/2017

* Robert O. Paxton, autor, en 1972, de una obra que ha marcado la
historiografía francesa: La France de Vichy, 1940-1944. R.O.Paxton había
trabajado en los archivos alemanes y demostrado en qué medida el “Régimen de
Vichy” se había esforzado por colaborar con el ocupante. En 2004, publicó
The Anatomy of fascism. La thèse de Claude d’Abzac-Epezy L’Armée de Vichy.
Le corps des officiers français, 1940-1944 , presentada en 1966 (publicada
en 2004), que completa muy bien la obra de Paxton (Redacción de A
l´Encontre). El artículo fue publicado en Le Monde, París, 7-3-2017

Nota de la Redacción de A l´encontre

1/ Stephen Miller ocupa una oficina en el ala oeste de la Casa Blanca. En un
artículo de Joshua Green (Bloomberg Businessweek, 6-12 de marzo 2017) se
informa de la declaración siguiente que le hizo Stephen Miller: “Donald
Trump ha reorientado fundamentalmente la política americana. Ya es hora de
que los medios le reconozcan y le concedan el crédito que merece”. Stephen
Miller, cercano a Bannon, es el inspirador de la política de Trump en lo que
se refiere a todos los aspectos de la inmigración. Aunque joven, no es un
recién llegado al Capitol Hill. Ha sido uno de los principales consejeros
del senador Jeff Sessions. Conjuntamente, antes de las primarias
republicanas, los dos habían puesto en pie los elementos de la denominada
política nacionalista sobre la inmigración, un tema central de “America
first”.

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