Argentina/ Los usos de Portugal en la crisis económica [Esteban Mercatante]

Ernesto Herrera germain5 en chasque.net
Jue Mayo 9 22:23:50 UYT 2019


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Correspondencia de Prensa

9 de mayo 2019

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Argentina

 

Los usos de Portugal en la crisis argentina

 

Relatos y verdades sobre el ajuste del FMI, Macri y quien lo suceda.

 

Esteban Mercatante *

Ideas de Izquierda, 5-5-2019

http://www.laizquierdadiario.com/

 

El país de Pessoa y Saramago se coló inesperadamente en el debate argentino.
La cosa arrancó hace un par de meses, cuando Axel Kicillof y Roberto Lavagna
lo señalaron, cada uno por su lado, como ejemplo de que puede acordarse con
el FMI otra política distinta al ajuste acelerado que comprometió y aplica
Macri. Esto sería lo que, nos dicen, hizo António Costa cuando asumió en
2015, rediscutiendo los compromisos firmados por ese país en 2011 con el FMI
y el gobierno de la UE (compuesto por la Comisión Europea y el Banco Central
Europeo), con los cuales formaba la Troika.

 

Se comprende la importancia que le dan al caso portugués, elevado por los
más afiebrados a la categoría de “milagro”, a pesar de que su economía
apenas llegó a crecer 2 % al año después de haber perdido 7 % de su tamaño
entre 2010 y 2013, y de que dejó a la juventud completamente tirada. Tenemos
cientos de casos que muestran que el FMI despluma a los países para que
aumenten los recursos disponibles para pagar la deuda, a costa de todo lo
demás. También hemos visto que exfuncionarios del organismo se han vuelto
los mayores denunciantes de cómo este sacrifica el crecimiento económico (lo
cual significa destrucción de empleos e ingreso) en pos de lograr una mejora
en los indicadores de deuda, norma que es la única que vale en todos los
países. “¡Pero no desesperemos!”, nos dicen Kicillof y Lavagna. Hay un país,
uno solito en toda la historia de terror del FMI, que nos muestra que “sí se
puede”.

 

Los problemas con los que se topa este “uso” del caso portugués son dos,
como ya señalamos apenas el mismo fue desempolvado para alimentar ilusiones
hacia octubre. El primero es que el ajuste en Portugal se hizo, durante 5
años completos. Entre las principales medidas del ajuste destaca que
subieron la alícuota del IVA; privatizaron ampliamente; recortaron los
salarios 14 % durante varios años por la suspensión del pago de aguinaldos;
congelaron el salario mínimo; impusieron una reforma laboral que redujo las
indemnizaciones y facilitó los despidos; redujo los pagos por horas extra,
recortó el tiempo de subsidio de desempleo y limitó la negociación
colectiva. El ajuste hundió todavía más a la economía y destruyó el empleo
(la desocupación llegó a 18 %). Esto último permitió a la burguesía
disciplinar a la fuerza de trabajo, degradando sus remuneraciones y
condiciones de trabajo. El número de trabajadores portugueses que gana el
salario mínimo nacional, que en 2005 era del 5 % de los asalariados, en 2014
llegaba al 12,9 %. Esto nos habla de una “sustitución” de puestos de trabajo
mejor pagos por otros de peor calidad. Y de un abaratamiento de los “costos
laborales” para las empresas. Las condiciones más favorables de explotación
se tradujeron en una mejora en la participación de las ganancias en el
ingreso; y esto, junto al “viento de cola” del turismo, sentó las bases para
una recuperación de la economía.

 

El segundo problema que tiene la argumentación, para comparar con la
Argentina actual, es que Costa no tuvo que renegociar ningún acuerdo con el
FMI. Portugal se había graduado como mejor alumno del ajuste, en mayo de
2014. Le seguía debiendo plata al FMI, pero era un crédito como cualquier
otro, ya sin metas para cumplir. Nada que se parezca a la Argentina actual.

 

El infierno está encantador

 

Si estuvimos entre los primeros en alertar contra estos “usos” de Portugal
por parte de quienes pretenden que es posible una alternativa “keynesiana”
de la mano del FMI, luego el caso fue tomado por analistas que, a diferencia
de quien esto escribe, consideran que el trago amargo del ajuste debe ser
bebido de manera ineludible. Andrés Malamud, polítologo argentino de
simpatías con la UCR que enseña en la Universidad de Lisboa, observó en
Twitter que “Portugal se convirtió en la Biblia del antiajuste. Pero la
Biblia tiene dos partes. En el Antiguo Testamento (2011-15), intervención y
masacre. En el Nuevo Testamento (2015-19), amor y resurrección”. Malamud
amplió estas opiniones entrevistado por La Nación. Allí señala entre otras
cosas que “la lección de Portugal es que el ajuste es inevitable”. También
elogió la “idiosincrasia” de los portugueses, que según el polítologo, como
sentían “culpa”, habrían aceptado mansamente el ajuste. Quizás Malamud
estaba justo de visita en la Argentina cuando ocurrieron las numerosas
huelgas y protestas que enfrentaron los gobiernos de Sócrates (socialista) y
Passos Coelho (centro-derecha), iniciador y continuador del ajuste
respectivamente, y por eso estas quedaron fuera de su registro. Lo curioso
es que al mismo tiempo señale que “el que ajusta pierde”, lo cual cuestiona
la idea de una aceptación tan complaciente de los dictados de la Troika.

 

La crónica del país responsable y cumplidor no podía más que entusiasmar al
diario La Nación, que continúa produciendo notas y entrevistas sobre el
“sacrificio” de “un país con problemas similares a la Argentina”. Ayer
mismo, un exfuncionario de ese país destaca que “la necesidad nos obligó a
respetar estrictamente el programa, incluso a sobrecumplirlo”. Música en los
oídos del diario oligárquico.

 

¿Por qué en Portugal sí, y en Grecia no?

 

“¿Por qué habríamos de creer que el crecimiento en Portugal es por el ajuste
previo, y no porque ahora rompió con el ajuste?”, cuenta el periodista
Alejandro Bercovich que le señaló Joseph Stiglitz. Bercovich va directo al
contraste con el otro caso europeo reciente, el de Grecia, aquel que motivó
inicialmente a Kicillof y demás a buscar ejemplos alternativos para evitar
comparaciones con Syriza, la fuerza política que llegó en 2015 prometiendo
romper con la austeridad y siguió aplicándola de manera salvaje: “¿Por qué
en Grecia probaron ocho años la receta del ajuste, de la austeridad, de
echar empleados públicos, de achicar la salud y la educación, de hacer lo
que dice el FMI, y no funcionó en ningún momento? Es lo que me parece que
vale la pena preguntarse, porque la idea de que no hay alternativa, de que
hay solo una receta, que es la del FMI, y todos los que osen discutirla son
unos charlatanes, es una imposición”.

 

No podríamos estar más de acuerdo en que la naturalización del ajuste que
pretenden imponer el FMI y los grandes empresarios (que acaban de sacar un
pronunciamiento unánime de apoyo a Macri y su convocatoria con “diez puntos”
al PJ “alternativo”), a la cual contribuyen estos relatos de “sacrificio”,
debe ser “deconstruida”. Para combatir el ajuste hay que salir al cruce de
los relatos que lo presentan como inevitable. Pero es no menos importante
poner en evidencia los intentos de ilusionar con perspectivas que, podemos
anticipar, no preparan las condiciones para imponer otra salida, sino todo
lo contrario.

 

La pregunta sobre las diferencias entre el destino del país heleno y el
ibérico resulta a primera vista razonable. Pero es engañosa por varios
motivos. En primer lugar, el ajuste es [casi] siempre recesivo: en Portugal,
en Grecia, y también en la Argentina: lo vivimos en 1998-2002, en 2014
cuando lo aplicó parcialmente Kicillof, y con Macri durante prácticamente
todo su gobierno. Grecia no es, en ese sentido, una excepción. Es una
muestra de que aquello que en cada crisis busca imponer la clase capitalista
para enfrentarla, que es mejorar sus condiciones de apropiación del
excedente a costa del resto de la sociedad, “ordenar” las cuentas públicas
(que por regla general se “desordenan” para salvar a tal o cual sector del
capital, como fue en el caso de las crisis europeas recientes para salvar a
los bancos), etc., profundiza el hundimiento de la sociedad para salvar al
capital. Que el capitalismo tenga como “receta” el ajuste como vía para
“sanear” la economía, en sus términos y para perpetuar la rueda de la
explotación que caracteriza a este modo de producción, no significa que esta
vaya a producir los resultados esperados.

 

En segundo lugar, Grecia y Portugal no pueden compararse por la magnitud de
la “corrección” que la Troika venía a imponer en cada caso. La deuda pública
en Grecia había aumentado a más 170 % del PBI en 2011; en Portugal estaba
algo arriba de 110 %. El déficit fiscal anual llegó a superar durante varios
años el 10 % del PBI en el primer caso, en el segundo promedió algo más de 5
%. Igual situación tenemos si comparamos la balanza de pagos, es decir, las
transacciones el país con el resto del mundo. En 2011, el rojo externo en
Grecia era de 9,9 %; en Portugal era de 6 %. Los “desajustes” respondían en
ambos casos a dos motivos: 1) los desequilibrios constitutivos de la UE,
donde la mayor parte de los países acumularon desequilibrios y deuda externa
con Alemania; 2) los salvatajes a los bancos en la crisis de 2008-2009, para
lo cual se endeudaron los Estados.

 

¿A cuál de estas circunstancias se acerca más la Argentina hoy? El
economista Claudio Katz sostiene lapidariamente que está “más grave que
Grecia y lejos de Portugal”. La deuda aún no llega al peso sobre el PBI que
alcanzó en estos países, pero de la mano del aumento del dólar no para de
incrementar su peso sobre la economía (la deuda es mayoritariamente en
moneda extranjera y aumenta como proporción del PBI a medida que se
incrementa la cotización del dólar). El déficit total, incluyendo el del
Banco Central, va encaminado a ser de 9 % del PBI este año. Y a pesar de la
megadevaluación y el hundimiento de la economía, el rojo de la balanza de
pagos continúa siendo considerable (gracias a los intereses de la deuda y
las rentas de la bicicleta financiera).

 

Pero si Grecia es prueba de que el ajuste no necesariamente lleva a mediano
plazo al crecimiento (en el corto siempre lleva a la recesión), no ocurre
que simétricamente Portugal sea prueba de que abandonar la austeridad sea la
vía para ello. En primer lugar, por una cuestión de tiempos: Portugal ya
estaba en modesta expansión antes de que llegara Costa prometiendo “el fin
de la austeridad”, cuando todavía Passos Coelho seguía sobreactuando el
compromiso con las exigencias de la Troika a pesar de que ya tenía su
aprobación y no quedaban condicionalidades que cumplir. El PBI creció en
2014 modestamente, un poco más en 2015, y durante el primer año de gobierno
de Costa (2016) creció casi lo mismo que el anterior. En segundo lugar,
sería difícil que fuera prueba de una alternativa “progresista”, porque la
“antiausteridad” iniciada en 2015 fue mucha continuidad con algunos cambios.
Devolvió en en cuotas una parte de lo robado durante cinco años, dejando en
pie la reforma laboral precarizadora y manteniendo al conjunto de la fuerza
de trabajo empleada en peores condiciones. No sorprende entonces el
movimiento de huelgas que desde el año pasado viene sacudiendo el país.

 

En la mayoría de los casos, como ocurrió con Costa, o en la Argentina con
Néstor Kirchner, las políticas “keynesianas” basadas en el gasto público
llegan después de la recuperación. Poder aplicarlas tiene como condición que
existe algún grado de mejora en la economía, lo que entre otras cosas mejora
la recaudación y alivia el peso de la deuda, dando márgenes al Tesoro para
gastar. Por lo mismo, este “giro keynesiano” tiene como condición previa el
ajuste, que tiene dos caras: una “privada”, que es el avance del capital
contra la fuerza de trabajo, y una pública, que es la reducción del déficit.
Con la Argentina en recesión, superendeudada, y con el FMI controlando las
cuentas públicas y la política económica, resulta difícil imaginar una
política distinta de la austeridad. Excepto, desde ya, que se esté dispuesto
a cuestionar los “sacrosantos” derechos de los acreedores y los intereses de
los grandes empresarios.

 

Educando a Paolo

 

El esfuerzo de Kicillof por convencernos de que el kirchnerismo, de ganar en
octubre, podrá hacer otra cosa que continuar la política económica de ajuste
dictada desde Washington, no se limita a realizar una lectura maquillada de
la política llevada a cabo por António Costa desde 2015. También nos pide
que confiemos en el duro aprendizaje que tuvo la gran burguesía argentina
con Cambiemos.

 

En su reciente libro, nos dice:

 

con Macri se llevó adelante un programa muy cercano a lo que los empresarios
me pedían a mí en el contexto de la crisis de 2008-2009 y después con la
caída del precio de las commodities en 2014. Pues bien, ahora devaluaron,
subieron la tasa de interés hasta el cielo, dejaron entrar y salir
libremente a los capitales especulativos, se les pagó a los fondos buitre
[…] ¿qué pasó? Ese programa no estaba bien.

 

Entonces, no solo será posible negociar “desde una posición de fuerza” con
el FMI, sino que todos los grandes empresarios que exigían el
“sinceramiento” que implementó Macri ahora acompañarán de manera entusiasta
estas exigencias. Kicillof espera que los empresarios hayan sacado lecciones
de las políticas neoliberales no funcionan, y por eso no volverán a exigir
lo mismo.

 

En esa onda de “desagrietar” que le da el subtítulo a su libro, Kicillof
considera viable apelar a una especie de “razón comunicativa” (bien lejos de
Laclau) para “hacernos entender” con Paolo Rocca de Techint, Luis Pagani de
Arcor, Javier Madanes Quintanilla de Aluar y Fate, Marcos Galperín de
Mercado Libre, etc., y “buscar un acuerdo sobre cual es el modelo de
desarrollo para la Argentina”. Porque lo que falta, con esta burguesía que
en los últimos cuarenta años fugó capitales por el equivalente casi al
Producto Bruto , es que “entiendan”.

 

Si creyéramos por un segundo que Kicillof se tomó en serio esta posibilidad,
deberíamos decir que ya fue defraudada: los 10 puntos que los empresarios
del G6 acaban de celebrar incluyen ese mismo “combo” que le pedían a
Cristina Fernández y a Macri, incluyendo entre otras cosas una nueva ley
laboral, de jubilaciones, “equilibrio” fiscal (más ajuste), etc.

 

Todo al amarillo

 

En la última semana, EE. UU. y el FMI subieron sus apuestas en la Argentina.
Todas están puestas en la reelección de Macri. Casi un año atrás, cuando
empezó a regir el Acuerdo Stand By, uno de sus requisitos era que el Banco
Central no podía usar dólares del FMI para contener la corrida contra el
peso, lo cual redundaba en regalar billetes verdes a los especuladores que
apostaban al aumento de su cotización, y ganaban. Esta exigencia de no usar
dólares del FMI para intervenir derivó en la salida de Luis Caputo del BCRA,
tres meses después de haber asumido en reemplazo de Federico Sturzenegger
durante la corrida.

 

Ahora, el último lunes, Sandleris anunció que harán exactamente eso: vender
dólares para controlar en operaciones “cuyo monto y frecuencia dependerán de
la dinámica del mercado”. ¿Qué significa esta jugada? Simplemente, que el
gobierno tiene carta blanca para intentar lo único que a esta altura le
puede permitir llegar con cierta sensación de estabilidad a la rueda
electoral: un dólar planchado, si el poder de fuego del BCRA lo permite. Y,
gracias a eso, una inflación altísima pero que no muestre el desboque que
dio el resultado de marzo (4,7 %) y volverá a mostrar abril, e incluso mayo.

 

Ya en septiembre pasado, cuando el FMI anunció que iba a desembolsar casi
todo el préstamo otorgado durante el gobierno de Macri, había quedado
explicitado que se trataba de un generoso aporte de campaña. Ahora puede
patinarse lo recibido en el tira y afloje de los especuladores (que saben
bien que el que apuesta al dólar gana, y más cuando el BCRA está generoso en
regalarlos). Quien asuma en diciembre de 2019 deberá continuar con el ajuste
comprometido por Cambiemos, pero ni siquiera podrá esperar contar con
dólares suficientes para pagar la deuda. Era la única certeza que hasta el
lunes aseguraban Macri y el FMI en medio del descontrol creciente de la
economía.

 

El FMI sabe que una economía escasa de dólares seguirá necesitando de su
“asistencia” (lo cual no asegura para nada evitar un default  como en la
Argentina sabemos bien). Se prepara para quedarse más tiempo auditando las
cuentas, ya que todo indica que, a falta de dólares, quien gobierne en 2019
deberá negociar más plazos para pagar el préstamo Stand By. La
“permisividad” mostrada con Macri, que solo se extendió a la política
cambiaria, la van a facturar con creces. Ya pusieron sobre la mesa la
exigencia de más aumentos de impuestos y disciplina fiscal.

 

Macri y Lagarde actúan como una asociación ilícita dispuesta a patinarse
decenas de miles de millones de dólares para crear una sensación de
estabilidad con fecha de vencimiento para después de las elecciones. Total,
el estallido no lo pagan ellos. Por eso, las ilusiones de romper con la
austeridad mediante una renegociación con el FMI resultan un planteo cada
vez menos creíble.

 

Lo que necesitamos los trabajadores y los sectores populares es enfrentar,
desde hoy, estas ilusiones y preparar la movilización por un conjunto de
medidas que nos permitan derrotar al gobierno del FMI, Macri y el peronismo.
Para que esta vez la crisis la paguen los usureros, especuladores, y grandes
empresarios que la generaron.

 

* Economista. Miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS)
desde 2001. Coedita la sección de Economía de La Izquierda Diario, es autor
del libro La economía argentina en su laberinto. Lo que dejan doce años de
kirchnerismo (Ediciones IPS, 2015), y compilador junto a Juan R. González de
Para entender la explotación capitalista (segunda edición Ediciones IPS,
2018).

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