Estados Unidos/Debate/ ¿Por qué algunos se sorprenden de la política fascista de Trump? [Anthony DiMaggio]

Ernesto Herrera germain5 en chasque.net
Sab Ene 9 19:02:37 UYT 2021


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Correspondencia de Prensa

9 de enero 2021

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Estados Unidos/Debate



El enfoque binario fascista-no fascista, autoritario-no autoritario
dificulta la percepción de los aspectos en juego en el contexto de la
administración Trump.



Anthony DiMaggio *

A l’encontre, 8-1-2021

http://alencontre.org/ameriques/

Traducción de Ruben Navarro – Correspondencia de Prensa

En el momento de escribir estas líneas, grupos de manifestantes pro-Trump
irrumpieron en el edificio del Capitolio, tratando de plasmar el intento de
golpe de Trump contra los Estados Unidos [el ex ministro de Justicia, Bill
Barr, dijo que el presidente "orquestó el asalto al Capitolio", The
Guardian, 7 de enero de 2021]. La mano de Trump en la preparación del golpe
es evidente en varios frentes. Difundió y oficializó el tema
conspiracionista del fraude electoral, sin fundamento alguno y durante
meses, de hecho, durante años. Alentó a los manifestantes a ir al Capitolio.
Una vez que comenzaron los ataques y la invasión del Capitolio, se negó a
condenarlos. Luego, en su primer discurso a la nación, avivó el fuego de
nuevo al continuar invocando conspiraciones para perpetrar un fraude
electoral. Para ser perfectamente claro, no fue sólo un intento de golpe de
Estado, sino un intento de golpe liderado por el presidente de los Estados
Unidos.

¿Cómo llegamos aquí? ¿Y por qué aquellos que niegan la existencia del
fascismo en los Estados Unidos, que insisten desde hace mucho tiempo en que
los Estados Unidos no tienden hacia políticas autoritarias se muestran
sorprendidos? Nada de lo que ha sucedido en la capital debe sorprender a
quienes han observado con atención el ascenso del fascismo que caracteriza
actualmente a la política americana.

Donald Trump dijo a la nación que no aceptaría los resultados de una
elección que perdió antes de que el primer voto fuera contado. Y durante los
dos últimos meses, trabajó en innumerables frentes para dar vuelta los
resultados, en los estados, en el poder judicial [estatal y federal], en el
Congreso y ahora en las calles.

El presidente fue sorprendido cuando trataba de extorsionar al secretario de
estado de Georgia [Brad Raffensperger], amenazándolo con un proceso penal si
se negaba a fabricar los 11.780 votos que le darían  la "victoria" en ese
estado. Esta fue la segunda vez en un año y medio -la otra fue el escándalo
ucraniano- cuando Trump intentó extorsionar a un político [el presidente
ucraniano Volodymyr Zelensky] con fines electorales [para desencadenar una
investigación sobre Hunter Biden, hijo de Joe Biden]. El golpe de Trump
también incluía su demanda de que el Congreso y el vicepresidente Mike Pence
entregaran la presidencia a Trump, en lugar de certificar [el 6 de enero de
2021, en la reunión del Senado y la Cámara de Representantes] la victoria de
Biden.

Las relaciones de Trump con Mike Pence, con Ucrania, y con el secretario de
estado de Georgia reflejan una política de tipo mafioso en la que los demás
líderes políticos son vistos simplemente como un medio para incrementar el
peso político personal del presidente. Para Trump, sus interacciones con los
demás son una oportunidad para el beneficio personal y un medio para
alcanzar sus propios objetivos.

Pero con este intento de golpe, la política de Trump va más allá de la mera
corrupción y del clientelismo. Sus intentos de anular los resultados de las
elecciones de 2020 representan una amenaza fundamental para la propia
democracia. Como resultado de su propaganda conspirativa, más de tres
cuartas partes de los republicanos creen que las elecciones estuvieron
marcadas por un "fraude electoral generalizado". Y muchos de ellos toman
ahora las calles y participan en actos de violencia y terrorismo para anular
esas elecciones. En vista de los recientes acontecimientos, es imposible
saber hasta qué punto pueden empeorar las cosas, en las que está en juego
"la sobrevivencia de la república".

Lamentablemente, la amenaza fascista ha sido constantemente minimizada en
cada etapa del proceso. Conociendo íntimamente las principales obras
académicas sobre el fascismo y a los profesores que las producen, puedo
decir con total certeza que pocos académicos estadounidenses están
dispuestos a calificar abiertamente a Trump de fascista, y menos aún son los
académicos que están dispuestos a afirmar públicamente que el sistema
político estadounidense contiene elementos fascistas.

Los periodistas americanos también se han mostrado muy escrupulosos con el
uso del término "fascismo" en sus reportajes sobre Trump. Un análisis de la
base de datos académica de Nexis Uni revela que de una elección presidencial
a otra -del 8 de noviembre de 2016 al 3 de noviembre de 2020- los términos
"fascismo" o "fascista" aparecieron en relación con "Trump" en un total de
627 artículos en el "periódico de referencia" -The New York Times. Los
términos "autoritario" o "autoritarismo" fueron mucho más frecuentes, y
aparecieron 1807 veces en los artículos, unas tres veces más que las
consideraciones sobre el fascismo en relación con Trump. Los términos
"populista" y "populismo", los menos ofensivos e incendiarios, fueron de
lejos los términos más utilizados con respecto a Trump. Aparecieron en 3.422
artículos, con una frecuencia superior casi cinco veces y media a la de las
etiquetas fascistas/fascismo. En resumen, los periodistas estadounidenses
evitaron regularmente los ataques provenientes de la derecha evitando llamar
fascista a Trump, una manera de desalentar el debate sobre el fascismo en la
política de los Estados Unidos.

***

Los Estados Unidos tienen una larga historia de negacionismo cuando se trata
de reconocer los peligros de las políticas fascistas, tanto dentro como
fuera del país. Podemos mirar, casi un siglo hacia atrás, los escritos de
Sinclair Lewis [1885-1951, Premio Nobel de Literatura en 1930] para
reconocer la denegación deliberada de "It Can't Happen Here", "Eso no puede
pasar aquí", novela publicada en 1935, una novela sobre un personaje llamado
Buzz Windrip que, una vez elegido presidente, establece lentamente una
dictadura personal que conduce a la guerra civil; la novela se convirtió en
un best seller desde 2016] que ha caracterizado durante mucho tiempo la
cultura política estadounidense.

El discurso estadounidense se define por oposiciones binarias simplistas de
"fascismo-no fascismo" y "autoritario-no autoritario", que no contribuyen en
absoluto a nuestra comprensión de las amenazas que representan la gobernanza
republicana y el electoralismo democrático. Esas dicotomías no son
funcionales a una elaboración honesta sobre el tema del
fascismo-autoritarismo porque casi nunca están basadas en una investigación
periodística o académica seria, sobre la base de las pruebas disponibles,
acerca de si los Estados Unidos se están dirigiendo hacia una política
fascista o autoritaria.

Por el contrario, este enfoque binario es a menudo utilizado de manera
excluyente para rechazar de plano el uso de la caracterización fascista en
la política de los Estados Unidos. Toda discusión coherente, matizada o
reflexiva sobre este tema queda excluida, ya que estos puntos de vista,
deliberadamente, no pueden reconocer como reales el autoritarismo y el
fascismo mientras no constituyen plenamente rasgos sólidos y consolidados de
la política estadounidense. Y ahora que esta insurrección sediciosa ha
tomado las calles, la bancarrota moral de la negación del fascismo aparece
claramente expuesta y a la vista de todos.

***

Henry Giroux [destacado autor académico, autor de The Challenge of U.S.
Authoritarianism y The Public in Peril: Trump and the Menace of American
Authoritarianism, Routledge, 2018] aborda críticamente el tema del fascismo
autoritario al reconocer que los Estados Unidos contienen elementos de
política neoliberal y fascista. En otras palabras, no es una alternativa
entre las dos. Nuestro sistema político puede ser descrito como
neoliberal-fascista, neofascista, fascista rampante, para/proto-fascista o
lo que sea. Cualquiera que sea el calificativo que escojamos, se hace cada
vez más difícil ignorar la política fascista adoptada por esta
administración. Antes del intento de golpe de Estado en el Capitolio, ya
había una lista alarmante de transgresiones por parte de la administración
Trump:

- El desprecio militante y ritual de Trump por los elementos básicos de la
verdad, de los hechos y del razonamiento científico y médico basado en las
pruebas, junto con su ciega y fomentada devoción pública al presidente, lo
que implicaba para casi dos tercios de sus partidarios [encuesta publicada
el 5 de noviembre de 2019] que no podía hacer nada que le hiciera perder su
apoyo. ["Si le disparara a alguien en la 5ª Avenida (Nueva York), no
perdería ningún votante, ¿no? Es simplemente increíble", dijo Trump el 23 de
enero de 2016 en un mitin en Iowa].

- La política nacionalista blanca de Trump y la demonización general de los
inmigrantes mexicanos como "traficantes de drogas, criminales, violadores" y
como una amenaza para la seguridad nacional. Esta xenofobia tiene una
orientación claramente racista, teniendo en cuenta el desprecio de Trump por
los inmigrantes de piel oscura, así como su preferencia por los inmigrantes
blancos, como lo demuestra su casamiento con una mujer europea blanca de
primera generación.

- Su intento (fallido) de utilizar el ejército para acabar con los
manifestantes de Black Lives Matter (BLM), que encontró una fuerte oposición
por parte de los oficiales militares. La voluntad de Trump de utilizar las
fuerzas de seguridad para reprimir la disidencia no era incompatible con el
uso por parte de su administración de funcionarios federales bajo la
cobertura de la policía estatal y de furgonetas no identificadas para
secuestrar a los manifestantes de BLM [según Amnistía Internacional, entre
el 26 de mayo y el 5 de junio de 2020, en 40 estados y en el Distrito de
Columbia, hubo 125 casos de este tipo de violencia policial]. Además, Trump
en persona ordenó tirar gases a los manifestantes no violentos en el Parque
Lafayette, delante de las puertas de la Casa Blanca, para mantenerlos
alejados, de manera tal que POTUS [Presidente de los Estados Unidos de
América, abreviado a menudo como POTUS] pudiera sacarse una foto [con una
Biblia en la mano] frente a la Iglesia de St John.

- La forma de burlar al Congreso y su método de gobierno por decreto,
mediante la confiscación ilegal del dinero de los contribuyentes para la
construcción de su muro, junto con la declaración de "situación de
emergencia nacional" para justificar sus acciones ilegales. El uso de esos
fondos nunca fue autorizado por el Congreso y constituyó un flagrante abuso
del principio constitucional de equilibrio de poderes. [checks and
balances].

- La introducción de una política de separación de niños y padres
inútilmente punitiva y destructora, dirigida contra los inmigrantes
ilegales. Esa política iba asociada con el recurso a la detención masiva en
campos de tipo concentración, caracterizados por el hacinamiento, con niños
encarcelados en jaulas y el rechazo de atender las necesidades básicas de
los detenidos, como jabón, pasta de dientes y tratamiento médico.

- Sus severas medidas contra la inmigración legal a los Estados Unidos, que
se redujo en un 50% durante el mandato de Trump, junto con el aumento de los
arrestos y detenciones de inmigrantes no autorizados; este aumento fue del
30% con respecto a Obama, y del 100% con respecto a George W. Bush y Bill
Clinton, a pesar de los niveles comparables de deportaciones bajo Obama y
Trump.

- El intento (infructuoso) de Trump de "gasear, electrocutar y fusilar"
[según las declaraciones del ex jefe del Departamento de Seguridad Nacional
Miles Taylor] en masa a los inmigrantes  y de cerrar totalmente y de manera
ilegal la inmigración en la frontera mexicana. Esas órdenes fueron ignoradas
por los oficiales -horrorizados- del Departamento de seguridad nacional, a
los que les había prometido que serían perdonados si cometían acciones
ilegales y en el caso de que fueran procesados.

- La demonización propagandística e infundada de los demócratas por haber
"robado" las elecciones de 2020, junto con sus propios esfuerzos (sin éxito)
a nivel judicial, de los estados y del congreso para lograr un golpe
electoral mediante la invalidación de los resultados de las elecciones. Esa
estrategia implicó cerca de 60 demandas judiciales en un intento de anular
los resultados de las elecciones estatales, además de reuniones con más de
300 ediles estaduales en seis de los llamados estados clave, en los que
Trump conspiró para anular el voto popular favorable a Joe Biden.

- La desastrosa política social-darwiniana de Trump, que obedece a la
"inmunidad de manada" [sobre la pandemia de coronavirus]. Se trata, de
hecho, de una "filosofía" de supervivencia del más apto, que dio lugar al
contagio masivo de los estadounidenses con un virus mortal. Trump pudo
acceder a medicamentos y tratamientos anti covid de última generación que
pueden salvar vidas y a los que la gran mayoría de la población no tenía ni
tiene acceso. Este enfoque del "que así sea" -según un estudio de la
Universidad de Columbia de octubre de 2020- ocasionó alrededor de un 60% más
de muertes que lo que podría haber ocurrido si el gobierno federal y los
gobiernos estatales hubieran reaccionado seriamente ante la crisis.

- La retórica paranoica y delirante de Trump sobre el entierro de sus
enemigos políticos, presentándolos como una amenaza a la seguridad nacional,
la que debe ser sofocada. Una política que se refleja en su reciente
solicitud al Departamento de Justicia para que arreste y procese a
demócratas de alto rango, incluyendo a Barack Obama, Joe Biden y Hillary
Clinton, sobre la base de falsas acusaciones de conspiración contra su
administración [véase, entre otros, el artículo publicado por Politico.com,
7-10-2020]. Hay mucho más que algo de ironía y de una cierta proyección en
juego en esa maniobra, considerando los incesantes esfuerzos de Trump
durante los últimos meses para promover un golpe de Estado contra la nueva
administración Biden.

Cualquiera que mire atentamente esa lista y llegue a la conclusión de que
todo salió como de costumbre, o que se sorprenda por lo que sucedió en
Washington D.C. el 6 de enero, está cometiendo un acto de confusión de
proporciones épicas. A la luz de estos acontecimientos, es cada vez más
absurdo caracterizar la política de Trump como algo menos que fascista. El
camino a seguir es cada vez más claro. Este presidente debe ser procesado y
destituido de su cargo lo antes posible. Trump tiene que ser acusado de
traición por su papel en la preparación de este intento de golpe de Estado.
Otro tipo de actitud sentaría un peligroso precedente en caso de futuros
intentos de derrocar lo poco que queda de la democracia estadounidense.
(Artículo publicado en Counterpunch, 7-1-2021:
https://www.counterpunch.org/2021/01/07/the-coup-in-washington-why-is-anyone
-surprised-by-trumps-fascist-politics/)



* Anthony DiMaggio es profesor adjunto de ciencias políticas en la
Universidad de Lehigh. Ha escrito varios libros, entre los cuales: Political
Power in America (SUNY Press, 2019), Rebellion in America (Routledge, 2020),
y Unequal America (Routledge, 2021).

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