Debates/ Inocencia. Ser amables. [Santiago Alba Rico]

Ernesto Herrera germain5 en chasque.net
Dom Jun 27 11:45:52 UYT 2021


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Correspondencia de Prensa

27 de junio 2021

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Debates



Inocencia



Ser amables



Renunciar a comprender el mundo, renunciar a ser amables con el otro,
significa sustituir la banalidad del bien y sus curativos efectos
inconmensurables por la banalidad del mal y su eficacísima contabilidad
mortal.



Santiago Alba Rico *

CTXT, 26-6-2021

https://ctxt.es/es



Hay tres formas de entender la inocencia. La primera tiene que ver con la
práctica del sacrificio tal y como la concebían los pueblos antiguos. En la
tradición tanto griega como judía, la víctima del sacrificio, humana o
animal, debía ser escogida por su especial pureza. A los dioses no se les
podía ofrecer una criatura con tacha, imperfecta o incompleta. El Levítico,
por ejemplo, da toda una serie de instrucciones sobre las condiciones que
debe cumplir el animal destinado al ara sacrificial: el peso, la belleza, la
integridad anatómica. O pensemos en el mito griego de Ifigenia, la hija del
rey Agamenón, a la que éste tiene que sacrificar, de vuelta de Troya, para
evitar el castigo de los dioses. Ifigenia es escogida porque al máximo rango
social y emocional une la máxima inocencia, asociada a su edad y condición.
Lo mismo ocurre con Isaac (Ismail para los musulmanes), al que su padre
Abraham, a petición de Dios, se dispone a sacrificar: es lo más querido y,
al mismo tiempo, lo más puro que posee. Esta identidad primitiva entre
sacrificio y pureza ha sobrevivido en la ilusión pertinaz de los perdedores
y humillados, que deducen su superioridad moral –su condición de pueblos o
individuos “elegidos”– del sufrimiento injusto que se les ha infligido. Si
me persiguen  y me matan, es que soy bueno. Este sentimiento, de origen
sacrificial, ha operado de mecanismo de defensa colectivo en el caso de
algunas minorías perseguidas: así ocurrió con el chiismo hasta la revolución
de Jomeini o con los judíos europeos hasta la creación de Israel; y sigue
muy vivo en las tradiciones revolucionarias, que han buscado consuelo para
sus sucesivas derrotas en la idea misma de la derrota como prueba
irrefutable de la verdad superior alojada en sus reivindicaciones.



Un residuo de este atavismo sacrificial pervive en la famosa frase de
Sócrates, el filósofo griego ejecutado en Atenas en el año 399 a. de C.: “Es
mejor sufrir una injusticia que cometerla”. Pero, más allá del prestigio del
dolor y la derrota, o del imperativo de una moral absoluta, lo que Sócrates
está proponiendo es el fin de la “ley de la selva”. En el diálogo platónico
Gorgias, dos oligarcas de su época, Polo y Calicles, se habían burlado de él
en nombre de la naturaleza, que distingue –sostenían– entre leones y gacelas
y da siempre ventaja legítima al más fuerte. Sócrates no está defendiendo
exactamente a los más débiles; defiende una Ley que no responda a la
pregunta “qué es más conveniente para mí o a para mi tribu o para mi clase”
sino a esta otra cuestión mucho más decisiva  porque en ella, con todas sus
ambigüedades, va a fundarse el Derecho moderno: “Qué es lo más justo para
todos”. En términos jurídicos, “inocente” no es el más bueno, el más puro,
el más guapo, ni tampoco el más griego o el más rico; inocente es aquél que,
con independencia de cómo se comporte con sus amigos o con su cónyuge, no es
culpable en el caso particular que se juzga. No soy ni cortés ni generoso,
es cierto, pero no he robado a Salah ni matado a Sofía.



Pero inocente se dice asimismo –incluso etimológicamente en el caso del
latín– del que no hace daño. En un mundo tan complejo como el nuestro es muy
difícil estar seguro de que pasamos por la vida sin hacer ningún daño. Si
amamos sinceramente, es probable que inflijamos y recibamos también dolor;
si vivimos normalmente en una sociedad capitalista, y nos vestimos, hablamos
por teléfono y comemos en una sociedad capitalista, nuestros gestos más
sencillos, inscritos en una red de intercambios y consumo global, tienen
efectos inconmensurables sobre el conjunto de la vida. Ahora bien, lo más
terrible que se puede decir de este mundo es que a veces, desde la
aceptación cínica del propio poder o de la propia impotencia, los humanos
llegan a un punto en el que desprecian la inocencia y llaman “ingenuo” al
que intenta hacer el menor daño posible e incluso al que pretende introducir
algún bien menor en su entorno más cercano.



Conviene decir dos palabras, pues, sobre la ingenuidad. Una historia que
siempre me ha gustado mucho es ésa que la tradición medieval cristiana
atribuye a San Agustín, el santo nacido en el año 359 en la actual ciudad
argelina de Souk Ahras. Según esta leyenda, paseaba un día el teólogo por la
playa, absorto en el problema insoluble de la Trinidad, cuando vio a un niño
que recogía agua del mar con una concha para depositarla a continuación en
un agujero excavado en la arena. Iba una y otra vez de la orilla a la playa,
con un tesón infatigable, hasta que Agustín, intrigado, le preguntó por el
propósito de su vano azacaneo. “Quiero vaciar el mar”, respondió el niño.
Conocemos el resto. El santo le dijo al niño que eso era imposible y el
niño, que en realidad era un ángel, le replicó a su vez: “Tan imposible como
resolver el enigma en el que estás pensando”.



Olvidemos que se trataba de un ángel. Es verosímil imaginar a un niño normal
emprendiendo y reanudando sin fatiga, con obstinación imperturbable, esa
tarea infinita. La ingenuidad de un niño no consiste en creer que va a ser
capaz de vaciar el mar con un cubo o una concha; consiste en tomarse en
serio una tarea que sabe imposible. El término “ingenuo” tiene en latín una
etimología muy bonita; remite, por oposición al esclavo, al humano que es
libre de nacimiento; y evoca por tanto la idea de “origen” y de “comienzo”
y, si se quiere, la noción un poco paradójica de un “empezar otra vez” o
“empezar de nuevo”. Es decir, la ingenuidad tiene que ver con la repetición
de un gesto que, cada vez que se hace, se hace desde el principio, como si
no se hubiera hecho nunca antes: un gesto, si se quiere, “libre” de la
memoria de la humanidad que llamamos Historia. El sol, que sale todas las
mañanas, es ingenuo. El niño que coge una y otra vez un cubo de agua del mar
es ingenuo. La mujer que lava y tiende la ropa en medio de las ruinas de una
guerra es ingenua. La ingenuidad no consiste en creer que es posible
resolver los problemas del mundo; consiste en creer sencillamente que el
mundo es posible. La ingenuidad, por así decirlo, crea el mundo cada mañana:
en medio de la complejidad más inextricable, atrapados en una selva hostil
cuya radical maldad no podemos cambiar, la ingenuidad cree todavía posible
llenar un cántaro de agua, coser un botón, encender de nuevo el fuego,
enseñar a un niño matemáticas, curar una herida. Por eso se puede ser al
mismo tiempo pesimista e ingenuo. El optimista –casi siempre hombre– puede
destruir alegremente el mundo; el ingenuo –casi siempre mujer– sigue
sosteniéndolo entre sus manos, a veces cansado y de mal humor, sin hacerse
muchas ilusiones sobre los hombres que lo están destruyendo.



Es lo que yo llamaría “la banalidad del bien”. De la del mal, lo recordamos,
se ocupó la filósofa alemana Hannah Arendt en relación con Adolf Eichmann,
el funcionario nazi encargado de transportar a los judíos a los campos de
concentración: un hombre leal, competente, honrado, obediente, que se
convirtió en cómplice de un exterminio en el ejercicio de estas triviales
virtudes burocráticas. La banalidad del bien, mucho más frecuente, es sin
embargo mucho menos visible y merece muchos menos laureles. El paleontólogo
darwinista estadounidense Stephen Jay Gould, muerto en 2002, aseguraba que
las especies se definen en los momentos de estabilidad, no en los de cambio
y mutación, y que, si hay que seguir considerando a la humanidad una
especie, es necesario recordar que, en las largas duraciones, no se define
por la violencia, la crueldad o el egoísmo, como nos hacen creer las grandes
conquistas y las grandes matanzas, sino por esa apretada red de pequeños
gestos cotidianos –del intercambio desinteresado de servicios entre vecinos
a los cuidados recíprocos dentro de una comunidad– que garantizan la
consistencia y supervivencia del mundo común en medio de las más grandes
calamidades.



El problema es que, si podemos contar los muertos de un bombardeo y las
heridas de un cuchillo, no podemos medir los beneficios de la “banalidad del
bien”. Las caricias, lo he dicho muchas veces, no dejan huellas, de manera
que podemos dejar de acariciarnos sin que sintamos ningún dolor inmediato.
Por eso mismo, en un mundo del que hubiese desaparecido la inconmensurable
banalidad del bien –quiero decir–  seríamos muy infelices, sí, pero sin
llegar a averiguar qué es lo que echamos en falta. O dicho de otra forma: si
de nuestras vidas se retirasen la belleza, la solidaridad, el cuidado, la
cortesía, nos volveríamos malos sin sentir nada, aceptando más bien la
maldad como un instrumento normalizado de supervivencia.



La banalidad del bien que he llamado ingenuidad, como variante de la
inocencia, está hoy muy amenazada. Lo está no solamente en escenarios de
guerra y dictadura, como es el caso de Siria, sino un poco por todas partes,
como resultado de la erosión capitalista de los vínculos antropológicos,
sustituidos por el egocentrismo digital, y de la aceptación subjetiva de un
futuro sin horizonte. Digamos que estamos viviendo un retorno
hipertecnológico a esa sociedad primitiva, pre-socrática, en la que los
sacrificios humanos y la ley de la selva dominaban sobre la justicia y el
derecho. En este contexto civilizacional, los dos enemigos de la inocencia y
la ingenuidad son, como ha ocurrido en otras crisis anteriores, la
hipocresía y el cinismo. La hipocresía es el primer síntoma de un
desmoronamiento, pero no implica inevitablemente el paso al cinismo y, aun
más, puede servir a veces de muro de contención. El hipócrita habla un
“doble lenguaje”, de manera que –dice el adagio clásico– homenajea
públicamente a la virtud mientras practica oscuramente el vicio. Ahora bien,
mientras la hipocresía no renuncie a su doblez la esfera pública sigue
regida por la “virtud”, y eso incluye también las leyes, los medios de
comunicación y los partidos políticos. Es verdad: cuando uno corrompe las
instituciones en nombre de la democracia, ocupa países en nombre de la paz o
el humanitarismo y bombardea ciudades invocando los Derechos Humanos, se
están cometiendo dos acciones graves. Una muy grave: matar seres humanos.
Otra gravísima: matar palabras, principios y valores.



Podemos decir, en todo caso, que la hipocresía es lo propio de las
sociedades estables y que solo se vuelve potencialmente peligrosa en los
socavones de las grandes crisis de civilización, allí donde, de pronto,
tanto los poderosos como los débiles asumen que nada puede ser cambiado:
cuando unos y otros aceptan como natural, respectivamente, su poder y su
impotencia. Hace unos días, en un seminario sobre Palestina, comentaba este
deslizamiento inquietante. Hasta hace no mucho tiempo podía indignarnos la
hipocresía de los EE.UU. o de la UE, que enunciaban grandes palabras y
financiaban pequeños proyectos, mientras de hecho apoyaban, por activa o por
pasiva, a Israel en Gaza y a Bachar el-Asad en Siria. La hipocresía tenía
que ver, en todo caso, con la hegemonía formal del discurso de los Derechos
Humanos, al que ni los más siniestros asesinos se atrevían a renunciar. Hoy
eso se ha acabado. Hemos pasado de la hipocresía al cinismo; hemos acabado,
si se quiere, con el “doble lenguaje” y no para ajustar nuestras prácticas a
nuestros valores sino, al revés, para acomodar nuestros valores a nuestras
prácticas. El cinismo, como demostraba ya el marqués de Sade en sus obras
libertinas del siglo XVIII, es lo propio de las clases altas, emancipadas de
todo freno democrático, las cuales defienden como “natural” su poder, su
violencia y su impunidad. Lo defienden, es decir, como fatal e inevitable.
Lo malo es cuando el cinismo se difunde desde las clases altas a las clases
medias y populares. Eso es lo que estamos viendo en Europa con el
crecimiento de la ultraderecha, cuya hegemonía discursiva se impone en
algunos casos también en la izquierda: respecto de inmigrantes, refugiados,
musulmanes, “nos nos podemos permitir” los Derechos Humanos. No seamos
hipócritas, nos dicen: para defender nuestras casas, nuestras familias,
nuestro modo de vida, no nos podemos permitir ya ser “buenos”.



No nos podemos permitir ni siquiera la amabilidad. En 1956, poco antes de
morir, Bertolt Brecht escribió un bellísimo poema titulado Vergnügungen, que
algunos traducen como “placeres” y otros como “satisfacciones”, título que
personalmente prefiero. En él el poeta alemán ofrece una lista casi oriental
de pequeños placeres vinculantes (mirar por la ventana, nadar, rostros
entusiasmados, el viejo libro vuelto a encontrar, la nieve, zapatos cómodos,
la dialéctica) completamente incomprensibles para un occidental líquido
disuelto en la velocidad de internet. De todas estas “satisfacciones”
diminutas y concretas hay dos ya casi extinguidas, como los dinosaurios y
los rinocerontes blancos, incompatibles con el orden del mercado capitalista
y que desde Twitter suenan un poco extravagantes: “comprender” (begreifen) y
“ser amable” (Freundlich sein).



“Comprender” es cada vez más difícil porque objetivamente el mundo es
crecientemente complejo. Pero hemos olvidado que, si pensar da tanta pereza
como lanzarse en verano a la poza de agua helada que –lo sabemos– aliviará
nuestro sofoco, el placer de arrojar luz sobre las sombras no se puede
comparar a ningún otro, ni físico ni tecnológico. Resolver un problema
matemático, apropiarse el pensamiento de un filósofo después de horas o días
de lectura o desenredar el meollo político que nos tenía desazonados genera
una alegría tan pura y profunda como el amor y mucho más intensa que el
sexo, la comida o el juego. En cuanto a “ser amables” también es cada vez
más difícil en un planeta en el que el propio cinismo desprestigia la
amabilidad como signo de irrealismo o de debilidad. En todo caso, ¿qué
tienen en común estos “placeres”? Que tanto comprender como ser amables son
prácticas que requieren atención; y la atención es lo primero que se pierde
en situaciones de guerra, pero también en el marco de una sociedad global
que, ni en el terreno laboral ni en el informativo ni en el recreativo,
permite detenerse a mirar. Creo que no somos capaces de medir las
consecuencias civilizacionales de esta catástrofe. Estos placeres de la
atención –uno por la vía del pensamiento, el otro por la del afecto– son
inseparables del reconocimiento de la existencia del mundo. O, lo que es lo
mismo, de su fragilidad radical. Lo que comprendo cada vez que comprendo
algo es que el mundo, a punto de desvanecerse, hay que sostenerlo con el
pensamiento y con las manos. Lo mismo ocurre con la amabilidad: cada vez que
digo “gracias”, que cedo el paso, que me muestro cariñoso o complaciente,
que me detengo y dedico un minuto, arrancado al tiempo velocísimo de la
digestión, a interesarme por mi vecino, estoy conociendo la fragilidad de
los otros y declarando en voz alta la mía propia. En el revolcón de la
crisis, lo mismo en Madrid que en Sidney, lo mismo en Damasco que en Nueva
York, lo mismo en los círculos empresariales que en los militantes, una
declaración de fragilidad es ya una invitación al desprecio y la agresión.
En las grandes ciudades europeas, lo he dicho otras veces, “amables” ya sólo
lo son los que tienen algo que ocultar o algo que temer: los inmigrantes y
refugiados, cuya misma cortesía los pone a merced de todos los golpes y
todos los abusos.



“Comprender” y “ser amables”, prácticas gemelas y hasta siamesas, son verbos
dotados hoy de un valor casi “revolucionario”. Nada se parece tanto a una
declaración de derrota como la renuncia al pensamiento y a la amabilidad.
Renunciar a comprender el mundo, renunciar a ser amables con el otro,
significa sustituir la banalidad del bien y sus curativos efectos
inconmensurables por la banalidad del mal y su eficacísima contabilidad
mortal. Llegados a ese punto, cuando hemos descartado o rechazado la tercera
forma de inocencia (la que implica el compromiso de “no hacer daño”), la
salvación queda en manos de esos pocos ingenuos heroicos que, como el
ángel-niño de San Agustín, siguen repitiendo, en medio de las ruinas, el
mismo gesto reparador. (Este artículo fue originalmente publicado el pasado
17 de junio en el periódico digital en lengua árabe aljumhuriya.net, fundado
en el año 2012 por intelectuales y académicos sirios. Agradezco a su jefe de
redacción, Yassin Swehat, su elegante, precisa y brillante traducción) 



* Santiago Alba Rico, es filósofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive
desde hace cerca de dos décadas en Túnez, donde ha desarrollado gran parte
de su obra. Sus últimos dos libros son "Ser o no ser (un cuerpo), editorial
Seix Barral, 2012.

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